Cinco días ha cumplido la oleada de protestas estudiantiles en Valencia, que tímida pero inexorablemente amenaza con extenderse a otras capitales españolas. El detonante, en aparencia menor, fue una concentración de los alumnos del instituto Lluís Vives para denunciar los recortes del gasto educativo. Pero los excesos policiales, injustificables aun de haber mediado alguna provocación, han hecho prender la mecha de un conflicto que ha provocado decenas de detenciones y no pocos heridos.
Información publicada en la página 76 de la sección de Contraportada de la edición impresa del día 22 de febrero de 2012 VER ARCHIVO (.PDF)
Se antoja prematuro, a la par que en exceso grandilocuente, bautizar lo acontecido como la primavera de Valencia. Pero lo cierto es que la sucesión de los hechos evoca la dinámica de acción-reacción registrada en Barcelona la pasada primavera, cuando el desalojo frustrado de los indignados de la plaza de Catalunya sirvió para revitalizar la alicaída movilización del 15-M, lo que propició la infiltración de elementos descontrolados y desembocó, a la postre, en los incidentes del Parlament.
El visionado de las imágenes registradas por las televisiones y por ciudadanos de a pie -que, por cierto, han dado la vuelta al mundo- deja escasas dudas acerca de la gratuidad de la violencia con la que se condujo la policía en Valencia: cargas de inexplicable brutalidad, porrazos contra pacíficos transeúntes, niños abofeteados sin motivo...
Una investigación verdadera
Si hasta el ministro Jorge Fernández Díaz reconoce que los agentes pudieron cometer algún «exceso», no es preciso abundar más. Solo esperar que la anunciada investigación interna sea verdadera y no una mera cortina de humo.
Tan inquietantes como los porrazos son las palabras del jefe de Policía de Valencia, Antonio González, quien definió a los adolescentes como «el enemigo». Un desliz que, unido a la desproporción policial, debería motivar su cese fulminante y el de la delegada del Gobierno. Que un solo jefe policial identifique a los ciudadanos como criminales a reprimir nos retrotrae a un oscuro pasado que algunos todavía parecen añorar. Aquí el Gobierno del PP no puede pecar de pusilánime.