Que la República Monástica del Monte Athos es un mundo aparte, en el que no se permite la entrada ni de mujeres ni de niños, ni de vacas ni de cabras, es una anomalía europea que no deja de sorprenderme cada vez que viajo hasta allí. A los pies de una montaña de 2.000 metros de altura, que se levanta majestuosa en el extremo de una península de Grecia, se concentran 20 antiguos monasterios en los que monjes de distintos países oran inmersos en los que ellos llaman el Jardín de la Virgen María.
Información publicada en la página 315 de la sección de Opinión Verano de la edición impresa del día 11 de agosto de 2012 VER ARCHIVO (.PDF)
Para entrar en Athos es obligatorio proveerse de un permiso especial firmado por cuatro abades y subir a un barco que zarpa de Uranópolis para llegar, tras más de una hora de travesía por una costa virgen y bellísima, al puerto de Dafne. No es posible entrar por tierra: los caminos están cerrados. Una vez en Athos tienes que acostumbrarte a la bandera amarilla con el águila bicéfala y a un mundo de monasterios amurallados y monjes barbudos en el que casi no hay ni coches, ni televisores ni internet, y donde se deja sentir el peso de la historia.
Los mercenarios catalanes
Fue en el monasterio de Simonopetra, uno de los más impresionantes de Athos, donde un monje me habló por primera vez del saqueo de los almogávares a principios del siglo XIV. Tras participar en la conquista de Sicilia con el rey Pere el Gran, algunos de estos mercenarios catalanes constituyeron la Companyia Catalana d'Orient y, dirigidos por el almirante Roger de Flor, viajaron hasta Constantinopla para ponerse a las órdenes del emperador bizantino Andrónico II. Tras salir victoriosos de varios combates, el emperador receló del poder de Roger de Flor y ordenó asesinarlo en 1305. Indignados por la traición, los almogávares emprendieron la llamada venjança catalana, dirigiéndose por tierra hacia Atenas y saqueando cuanto encontraban a su paso. Los monasterios de Athos, que acumulaban grandes tesoros, no escaparon a su ira.
Creía que el asalto era tan sólo una historia lejana, pero en el monasterio de Ibirón pude comprobar hasta que punto sigue viva en Athos. Fue allí donde un miembro de la congregación me contó que en 1993 el monje portero reaccionó con indignación y se negó a permitir la entrada del cantante Josep Tero cuando éste se identificó como catalán. Por una mala jugada de la historia, Tero no tuvo más remedio que pasar aquella noche fuera murallas, durmiendo bajo un olivo.
Años después, durante una estancia en el monasterio de Vatopedi, me topé de nuevo con la memoria de los almogávares. En esta ocasión, sin embargo, de un modo positivo, ya que la Generalitat había colaborado en la restauración en 2008 de una antigua sacristía para intentar borrar el mal recuerdo que se tenía en el monte Athos de los catalanes.
Cánticos vibrantes
De aquella visita recuerdo una larga liturgia en la iglesia del monasterio, decorada con frescos de monjes guerreros e iconos enmarcados en plata, en la que resonaban los vibrantes cánticos monacales sin ningún tipo de acompañamiento, ya que también los instrumentos están prohibidos en Athos. Y recuerdo que cuando nos reunimos en el refectorio para cenar frugalmente y en silencio, no pude evitar pensar en cómo debía haber sido la montaña santa en el siglo XIV, cuando menudeaban los asaltos piratas. Debió de ser una época muy dura, ciertamente, pero hoy, por suerte, reina la paz en Athos.