Olga Merino
Periodista y escritora
Los franceses, que tanto saben de protocolo y finesse, bordaron el martes la ceremonia que conmemora el Día de la Victoria, el 8 de mayo de 1945, fecha en que los aliados aceptaron la rendición sin condiciones de la Alemania nazi. Nicolas Sarkozy y François Hollande, la extraña pareja, depositaron una corona con los colores de la bandera gala -hortensias azules, rosas rojas y blancas- a los pies de la tumba del soldado desconocido. Juntos y circunspectos. Una puesta en escena magnífica y repleta de simbología, por cuanto la unidad del continente se forjó sobre las cenizas humeantes de la segunda guerra mundial. Esa era la Europa en la que creíamos.
Información publicada en la página 9 de la sección de Opinión de la edición impresa del día 10 de mayo de 2012 VER ARCHIVO (.PDF)
Pero a estas alturas del partido, ya no sé si somos europeos, o marcianos o, peor aún, saturnales, que es un planeta con muy mala leche; tanta, que devora a sus hijos. Al menos, la victoria de Hollande ilumina la penosa travesía con la tímida esperanza de que contengan la purga con el ricino de la austeridad. Una austeridad que causa mucha risa: el saneamiento de Bankia, símbolo de las pifias del sistema financiero, se zampará 10.000 millones de euros de las arcas públicas, cuando la clase de tropa no tiene quien la salve. Cada vez más parados, trabajadores con el bolsillo amojamado, recortes en hospitales, colegios, cultura… Mejor ni hablemos de la cultura, la única que nos abriga el espíritu, convertida ahora en la cenicienta del cuento.
El otro día leí una anécdota al respecto referida a Winston Churchill, cuya voz, por cierto, fue la que anunció el fin de la guerra en Europa a través de la BBC. Resulta que, en pleno fragor de la contienda, el primer ministro británico está reunido con sus asesores, quienes le piden retirar todos los fondos destinados a cultura para traspasarlos a la industria bélica, a la construcción de más aviones Spitfire y buques destructores. Y Churchill, con su cara de perro pachón, les contesta: «Y entonces… ¿para qué narices estamos peleando?». Pues eso.