A primeros de esta semana, finalmente, llegó la petición española al Eurogrupo para hacer efectivo el rescate bancario. No nos entretendremos ahora en el retraso de la solicitud, en aquella especie de disposición del alma que ha tenido el Gobierno y que consiste en hacer ver que no había qué implorar o pedir. Como si el saco de dinero europeo tuviera que llegar de la misma manera que aparece el arcoíris cuando hace sol tras la lluvia: por una pura consecuencia de la física y sin que nadie intervenga. Y no nos fijaremos tampoco en los errores léxicos, sintácticos o mecanográficos que contenía una de las cartas más trascendentes y, pues, en apariencia más trabajadas de la historia del reino. Y no hablaremos, ¡ay, Señor!, de los eufemismos, marca de la casa, de «la asistencia financiera», como si se tratara de una rueda pinchada en una carretera comarcal.
Información publicada en la página 6 de la sección de Opinión de la edición impresa del día 29 de junio de 2012 VER ARCHIVO (.PDF)
Fijémonos en el encabezamiento de la misiva de Guindos a JeanClaude Juncker. «Tengo el honor de dirigirme a usted». Así comenzaba el escrito humillante (porque quisieron que lo fuera, porque lo perciben así) que disimulaba el acatamiento y la sumisión con una referencia burocrática exquisita y vacía de sentido. El honor les ha de matar. Lo llevan incorporado a la secuencia genética y no hay nada que hacer. ¿No sentía más bien horror, Guindos, a la hora de suplicar la famosa «línea de créditos»? Parece que no. El honor siempre se desparrama.