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RELATO. EL APOCALIPSIS MAYA (4)

En la relación de Rubén y Montse sobrevuelan los nubarrones. Él ha construido una personalidad para seducir. Ella es hermosa, joven, inteligente y práctica. Él no desea que se resquebraje la perfección de su epopeya, pero lo tiene muy difícil. En una huida hacia adelante, ambos viajan a Chichén-Itza quizá para enfrentarse con la realidad.

El hombre equivocado

Jueves, 16 de agosto del 2012 Imprimir Enviar esta noticia Aumentar/ Reducir texto
por JUAN VILLORO

La pasión es una forma de la elocuencia. De pronto, Rubén se sentía capaz de especular sobre cualquier tema. En cambio, Montse tenía la enorme virtud de lo concreto. En lo que él desplegaba hipótesis, ella ofrecía datos sacados de internet y de la librería Altair. En cierta forma, era como si ella ya hubiera hecho el viaje.

LEONARD BEARD

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Información publicada en la página 306 de la sección de Opinión Verano de la edición impresa del día 16 de agosto de 2012 VER ARCHIVO (.PDF)

Un portal web llevaba el atinado nombre de sacbe.com. Rubén explicó que el sacbé es el camino blanco de los mayas, las senda que une dos sitios sagrados, pero fue Montse quien encontró ahí un auto de alquiler a mitad de precio (Rubén le había dicho que su Land Rover quedó en calidad de «perdida total» al volcarse en el cañón del Sumidero).

Para el momento en que se ataron los cinturones en el avión, Rubén y Montse ya se tocaban con la sabiduría casual de los cuerpos que se entienden a la perfección. La revista de a bordo incluía un artículo sobre Platón y el amor. Rubén se identificó con la descripción del hombre como un ser demediado que busca la parte que le falta. Montse lo complementaba como solo puede hacerlo alguien que representa su no-identidad. Era hermosa, joven, inteligente, práctica.

Otro artículo hablaba del Barça. Rubén sintió que viajaba a la Gran Final, una epopeya sin partido de vuelta.

Pero algo resquebrajaba esa armonía: en Chichén pertenecía al núcleo de los que aseguraban que todo seguiría como siempre. Marcia contaba con él para desprestigiar a Jacinto Pech, líder del sindicato.

Pech tenía raíces mayas, y su padre y su abuelo habían sido guías en Uxmal y Palenque. Ese sólido linaje se reforzaba con su infinita capacidad de intriga. Pech tenía intereses en la venta de artesanías, contactos con las agencias de turismo y los noticieros de televisión. Defendía las hipótesis más alarmistas, sin otro respaldo que sus cromosomas. A fin de cuentas hablaba de sus ancestros; podía exagerar sin que eso pareciera una falta de rigor. De por sí, los mayas eran excesivos: practicaban el autosacrificio perforando el pene con un aguijón de mantarraya y se drogaban por vía anal. En labios de Pech el mundo maya se convertía en un baño de sangre, pero criticarlo era políticamente incorrecto, y odiarlo, racista. Además, repartía katunes entre los guías que votaban por él. En el calendario maya, un katún es un ciclo de 20 años. En la cosmogonía sindical de Jacinto Pech, un katún eran 2.000 pesos.

Los ojos de Marcia, adornados por sus cejas en forma del logotipo de Nike, miraban el mundo con paciencia. En el periodo clásico, hubiera podido ser astrónoma. En 2012, analizaba el Apocalipsis Maya como un conflicto gremial. Su objetivo consistía en acabar con Pech, que tanto hizo para que le quitaran el puesto por lo del concierto de Elton John.

Si el mundo no se acababa, el desprestigio de Pech sería absoluto. Ningún otro guía tenía un portal en internet más visitado ni más truculento. Advertía de los peligros de viajar a Chichén para el Apocalipsis y sugería un «kit de supervivencia» (linterna, silbato, dos metros de soga, repelente contra insectos, etc.). ¿De qué sirve un silbato en el estallido final? Lo importante no era eso, sino que los turistas se sintieran exploradores de alto riesgo.

Marcia contaba con Rubén Venegas como su aliado. Si la realidad no se disolvía para siempre, Pech quedaría en evidencia y el sindicato tendría que elegir a un representante que garantizara una estabilidad digna del post-apocalipsis. Rubén era el candidato ideal. Había llegado a los 50 sin energías de pelearse con nadie; odiaba los misterios, vivía en pos de la cerveza de las seis de la tarde, actuaba como si las normas existieran. En un país donde la ley es una representación, transmitía sentido de la rutina, lo más cerca que se puede estar de la legalidad.

Pero Rubén se había transfigurado en Barcelona. La posibilidad de sustituir a Felipe Romo en el congreso Cosmos de distintos mundos lo llevó a la disyuntiva de aburrir al auditorio con la somera tesis de que el planeta seguiría como si nada o cautivar con la noticia de que la actual generación de la especie tenía el privilegio de ser la última.

Desde su balcón del Barrio Gótico, Montse había visto pasar demasiadas maletas que no eran suyas. De pronto, un Caballero Oscuro con tatuaje blanco le pedía que empacara para viajar al fin del mundo.

Rubén tomó un Stilnox en el vuelo transoceánico, no para dormir, sino para dejar de pensar en lo que Montse podría averiguar en Chichén. Ahí él representaba el decepcionante sentido común, y no sólo eso: se beneficiaba de ello. ¿Hay algo peor que la sensatez interesada?

Soñó que era un sacerdote que llevaba a una doncella al sacrificio. Mientras ella sonreía, él acariciaba su cuchillo de pedernal. Montse lo miraba con una confianza inmerecida, contenta de ir al acabóse.

Estaba con el hombre equivocado.

Y MAÑANA: Quinta entrega: 'La nieve desde el trópico'

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