A. Serra Ramoneda
Presidente de Tribuna Barcelona
Tras su fallecimiento, la paja pudo más que el grano y la imagen que se popularizó de Santiago Rusiñol fue la de un bohemio excéntrico, bon vivant gracias al patrimonio familiar, dedicado, siempre de manera superficial, a múltiples actividades. La sorprendente oferta de duros a cuatro pesetas o la sugerencia de que en España las estatuas que se erigieran en lugares públicos de políticos y generales ilustres tuvieran la cabeza de rosca para, cuando cayeran en desgracia, ahorrar dinero a los contribuyentes, forma parte del rico anecdotario que oralmente se transmitía de Rusiñol. Sus creaciones con los pinceles o la pluma ocupaban un lugar muy secundario en pinacotecas y bibliotecas. Un artista menor que no había aprovechado los dones naturales que poseía.
Información publicada en la página 11 de la sección de Opinión de la edición impresa del día 05 de febrero de 2012 VER ARCHIVO (.PDF)
Solo más de medio siglo después de su muerte, críticos literarios y artísticos han puesto el acento en el grano relegando la paja a un lugar secundario. Vinyet Pañella ha tenido un papel esencial en este proceso con su biografía. Se desprende de ella que su vida no fue un camino de rosas y que, una vez desligado de sus obligaciones familiares, retomó siempre muy en serio su actividad creadora, solo esporádicamente interrumpida por las ocurrencias humorísticas que constituyen su anecdotario. Su adicción a la morfina no fue un capricho de un bohemio adinerado, sino el resultado del tratamiento entonces médicamente aconsejado de los tremendos dolores que le provocaba la fragilidad de su columna vertebral. Lo cierto es que hoy se reconoce ya la importancia de la aportación del artista al acervo cultural del país. Se organizan por doquier exposiciones de sus mejores cuadros y sus obras escritas son representadas o leídas ante un numeroso público.
Hace unos días falleció Fabián Estapé, persona muy conocida no solo en los medios académicos, sino en toda la sociedad catalana gracias a su presencia en los medios de comunicación. Sus comentarios satíricos sobre la situación económica del país y su inmisericordia con las figuras más en boga de la vida política le crearon una fiel y amplia audiencia. Por otro lado, quienes tuvieron la ocasión de tratarlo han recogido las innumerables ocurrencias de toda índole que su imaginación no cesaba de generar. Hoy, la transcripción escrita de estos testimonios ocuparía un grueso volumen que sin duda proporcionaría entretenimiento a sus lectores. Existe pues el peligro de que con Estapé se produzca también una trivialización de su obra y su quehacer en el mundo académico e incluso político.
La dificultad de encasillar su figura en una de las especialidades en que se fragmenta el saber moderno incrementa este peligro. Por razones cronológicas, Estapé inició su trabajo universitario en el campo de la historia del derecho de la mano de García de Valdeavellano. Solo más tarde desvió su trayectoria hacia la economía, pero nunca se desprendió de la afición por hurgar en temas pretéritos o bien de explicar las raíces históricas de los fenómenos económicos y sociales actuales. Sus indagaciones sobre el ingeniero y urbanista Ildefons Cerdà constituyen un buen ejemplo de sus querencias intelectuales. Sin embargo, dudo de que los historiadores lo consideren un colega. Por otro lado, su escaso dominio de las técnicas matemáticas y estadísticas, que hoy utilizan a veces con excesiva profusión los economistas, hacen que tampoco se le incluya en el núcleo duro de la profesión. Solo hace escasos años estos le nombraron colegiado de honor ya que no tenía el título para serlo por vía ordinaria.
En el cruce de caminos entre historia y economía no es de extrañar que Estapé tuviera en Schumpeter a uno de sus autores favoritos. El austriaco era un enciclopedista erudito más próximo a la tradicional escuela historicista alemana, interesada en las corrientes profundas con efectos a largo plazo sobre la vida económica, que a la anglosajona, dedicada a la disección de fenómenos puntuales, a ser posible modelizados matemáticamente. Avant la lettre, Estapé perteneció a la corriente neoinstitucionalista que hoy adquiere vigor.
Sería deseable que quien se acercara a investigar la trayectoria del ilustre profesor no cayera en la trampa de priorizar las anécdotas sobre sus aportaciones como profesor, investigador y gestor académico. O su incursión en el mundo de la política de la mano del circunspecto Laureano López Rodó. Y no para comentar la cara de asombro que este debió poner al descubrir el bocadillo de tortilla envuelto en grasiento papel de estraza que Estapé se traía al despacho, sino para indagar en los motivos y los resultados de tan sorprendente aventura. No pido un panegírico, sino un estudio riguroso, tanto como el que con seguridad hubiera hecho el malogrado Ernest Lluch, de una personalidad tan compleja y a veces contradictoria como la de Fabián Estapé.
Economista.