El Periódico

LOS SÁBADOS, CIENCIA

Jorge Wagensberg

Jorge Wagensberg

Facultad de Física de la Universitat de Barcelona

Gato negro en habitación oscura

El talante y el talento científico se demuestran solo con el método, el sentido crítico y el respeto escrupuloso por el error

Sábado, 30 de abril del 2016

Existe una vieja analogía que circula desde los años 90 del siglo XIX que muchos grandes pensadores han comentado o utilizado, que se ha atribuido equivocadamente a diferentes autores y que es, aún hoy, una espléndida metáfora del pensamiento humano. Curiosamente, el escenario inicial es el mismo que el de la célebre paradoja que Erwin Schrödinger ideara para discutir los fundamentos mismos de la física cuántica: un gato encerrado en una caja. En este caso, el físico austriaco prepara un sofisticado experimento mental para que un observador externo especule, antes de abrir la caja, si va a encontrarse el gato vivo o muerto. Así se llega a la contradictoria conclusión de que el animal está a la vez vivo y muerto.

El gato de Schrödinger se usa todavía hoy para ejercitar el carácter no intuitivo de esta disciplina de la física moderna. La otra metáfora es de un genial y socarrón autor anónimo y arranca también de la idea de un gato en una habitación oscura, solo que en este caso el observador entra dentro del oscuro habitáculo con el propósito de buscar un gato negro. Es la metáfora del gato negro en habitación oscura.

La situación le sirve al autor para comparar las actitudes de un filósofo, un metafísico, un teólogo y un científico ante la comprensión del mundo. Hacer filosofía es como estar en una habitación oscura buscando un gato negro. Hacer metafísica es como estar en una habitación oscura buscando un gato negro que no está allí. Hacer teología es como estar en una habitación oscura buscando un gato negro que no esta allí y gritar de repente... ¡ya lo tengo! Y hacer ciencia es como estar en una habitación oscura buscando el interruptor de la luz para comprobar si allí hay o no hay un gato negro.

AGRUPAR CIENCIA Y FILOSOFÍA

La analogía tiene algunas variantes que pueden aplicarse para discutir muchas situaciones diferentes. A algunos les ha servido para agrupar ciencia y filosofía por un lado como disciplinas que investigan y reflexionan en busca de la verdad, en contraste con la teología que ya está en posesión de la verdad antes de ponerse a investigar. Sin embargo la metáfora sirve para detenerse a reflexionar sobre cualquier forma de conocimiento complejo: sociología, economía, política…

Es más que probable que el autor de la metáfora del gato negro en una habitación oscura fuera de oficio científico, un pensador con ganas de provocar a los amigos y colegas que abusan de creencias y tradiciones en su trabajo. Pero atención, todo tiene grados en este mundo. La ciencia es (se puede definir así) como la forma de comprender la realidad que utiliza la mínima cantidad de ideología previa. Pero lo mínimo no siempre es cero.

Todo depende de la complejidad del rincón del mundo que uno pretenda comprender. La física necesita, por lo tanto, menos ingredientes ideológicos que la biología, la biología menos que la psicología, la psicología menos que la economía, la economía menos que la política… Sin embargo, la actitud de la aproximación científica está clara: no inyectar creencias allí donde todavía alcanza la razón, la objetividad, la inteligibilidad y el método dialéctico entre el sujeto y el objeto de conocimiento.

LAS GRIETAS DE LA CIENCIA

Es una cuestión de prioridades: las grietas de la ciencia se rellenan con pasta de ideología. La biología contiene más ideología que la física. Por eso en la universidad de Harvard se habló durante cierta época de evolucionistas más bien de izquierdas y de evolucionistas más bien de derechas. Que se lo pregunten sino al gran E. O. Wilson por los reproches que soportó de colegas como los no menos célebres Stephen Jay Gould, Richad Lewontin o Ruth Hubbard… Los críticos eran de izquierdas pero Wilson no era de derechas. Y el tiempo le está dando la razón. Muchos de los neologismos científicos que Wilson acuñara bajo una auténtica ducha de críticas ideológicas se han ido imponiendo hasta alcanzar la gloria, que no es otra cosa que su uso común y cotidiano en la práctica científica. Es el caso de la sociobiología o el de biodiversidad.

Algunas disciplinas del pensamiento complejo como la psicología, la economía o la política a menudo sacan pecho por su carácter científico. Eso está muy bien. Pero atención con la persistente tendencia de tantos intelectuales a hacer trampas. El talante científico no se demuestra por los kilos de aparato matemáticos que se exhiba, como hacen algunos biólogos y economistas, ni por la profusión de citas de grandes y prestigiosos científicos como hacen algunos psicólogos y sociólogos, ni por el secuestro y aplicación directa de teorías modernas de la ciencia como han hecho tantos políticos y teólogos (pobre física cuántica, pobre relatividad). El talante y el talento científico se demuestran únicamente con el método, con el sentido crítico y con el respeto escrupuloso por el error, o sea, buscando el interruptor de la luz en la cámara oscura.

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