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Ramon Folch

Ramon Folch

Socioecólogo. Director general de ERF.

Fabricar para ser

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Martes, 23 de abril del 2013 Imprimir Enviar esta noticia Aumentar/ Reducir texto

El cine y la aviación son productos netamente norteamericanos. La aeronáutica y la cinematografía nacieron en Europa, pero se consagraron en América. Hay películas japonesas o aviones europeos, desde luego, pero la industria aeronáutica y la producción cinematográfica se han desarrollado sobre todo en Estados Unidos. El imaginario estadounidense se tambalearía sin la existencia de Hollywood, sin Boeing o, en su momento, sin Pan Am o TWA. Sin westerns, EEUU sería otra cosa. La mitología americana no reside en el Parnaso o en las óperas wagnerianas, sino en el celuloide. Y no navega argonáuticamente: vuela.

Puede que quien mejor encarnara ese fenómeno fuese Merian C. Coo-per (1893-1973). Su juventud, la de la aviación y la del cine corrieron parejas. Se hizo piloto y llegó a general de las Fuerzas Aéreas, además de haber sido cofundador de Pan Am. Pero fue también jefe de producción de RKO y de la Metro. Fue uno de los promotores del tecnicolor y del cinerama y, previamente, de los efectos especiales en el cine. Baste decir que, hace justamente 80 años, fue el director de la primera versión de King Kong (1933), a mi juicio la mejor de las tres que se han hecho. Cooper no se limitó a amar el cine y la aviación: hizo aviones y películas. Nosotros percibimos el cine como arte y consideramos los aviones como productos. Los americanos ven ambas cosas como industria. Por eso gobiernan la aviación y la cinematografía.

Tiempo atrás, al ver que la mayoría de libros que encontraba en mis correrías latinoamericanas estaban editados en Barcelona, me percaté de la abismal diferencia entre consumir cosas o, además, haberlas hecho. Nosotros teníamos, y aún tenemos, industria editorial pero no disponemos de una industria aeronáutica. Por eso somos alguien en el mundo de los libros y nadie en aviación. Pero nuestro sector industrial está siendo desplazado por el terciario. Somos una potencia turística, parece. No se puede ser importante a base de servir cafés, ni que sean muchísimos. Las fábricas desaparecen mientras los hoteles proliferan. Mal asunto. ¿Cómo casar este hecho, inequívocamente negativo, con nuestras aspiraciones de independencia? Una Catalunya independiente para mero goce de turistas no sería un país aunque fuese un Estado. Aviones, películas, tejidos o libros, o bien química o electrónica. Lo importante es fabricar. Para ser, hay que hacer, no basta con cobrar entrada por mostrarse.

HAY QUE DISPONER de una sólida infraestructura de servicios básicos, eso también. Me dice un amigo llegado de EEUU: «¿Cómo es que el flamante aeropuerto de Barcelona no tiene acceso fácil a internet?» Viene a la sede del rutilante Mobile World Congress y, desde el tren del aeropuerto a la ciudad, tampoco puede hablar por teléfono. La comunicación telefónica desde la tan cacareada alta velocidad española es también más que deficiente. Encima, descubre que solo viajando en preferente puede enchufar su PC, como si ese mínimo servicio fuese un costoso privilegio. Me resulta difícil hablarle de AENA o de Renfe. Me preguntaría, entonces, qué clase de autonomía hay en Catalunya si no podemos siquiera gestionar un aeropuerto o el servicio de cercanías. También me preguntaría por qué, con o sin autonomía, AENA o Renfe no resuelven de inmediato tan superables deficiencias. Si le cuento que, inconfesadamente, forman parte de la política de un Estado que teóricamente es el nuestro, me tomaría por loco. Ponerle entonces al corriente del paso de comedia delirante del corredor mediterráneo sería ya demasiado.

LA SORPRESA de mi amigo es anecdótica. No lo es, en cambio, la pésima cobertura telefónica o la falta de wi-fi en los trenes o en el aeropuerto. No lo es para nada que el recién estrenado AVE entre Barcelona y Girona vaya lleno pero haya llegado 20 años más tarde que otros AVE que van vacíos. O que siete autopistas de peaje españolas, onerosamente construidas sin estudio de mercado alguno, estén en quiebra mientras el Estado se niega a mejorar en tierras gerundenses una saturada N-II que es un martirio. Tampoco es anecdótico el famoso déficit fiscal, y menos aún que una sistemática política de difamación presente a Catalunya como una autonomía de aprovechados en lugar de reconocer la sangría constante a que la somete el Estado sin, encima, dotarla de las infraestructuras y servicios que permitirían mantener la explotación en el tiempo. O sea, que la animadversión propende a estrangular a la gallina de los huevos de oro, además de expoliarla.

La desidia autóctona y la rapiña alóctona constituyen un cóctel letal. Cuesta imaginar maneras de enfrentarse a ello que no pasen por la independencia. Es más que una cuestión identitaria, es un asunto de higiene civil, me parece. Habría que admitirlo y actuar en consecuencia.

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