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La gestión pública

Exijamos grandeza

Lo que más daño hace es una política inspirada en la táctica, el sondeo y las próximas elecciones

Lunes, 28 de mayo del 2012 Imprimir Enviar esta noticia Aumentar/ Reducir texto
Marçal Sintes

Cuando conocemos de verdad o, mejor dicho, del todo a las personas y a los colectivos es cuando las cosas van realmente mal. Con las complicaciones afloran partes de nuestro carácter que normalmente ni mostramos ni tenemos necesidad de mostrar. A veces, la reacción ante la adversidad es coherente con los rasgos conocidos del individuo o el colectivo; a veces, sin embargo, resulta del todo impensada, insólita. Tanto es así que a menudo somos los primeros sorprendidos por nuestra manera de actuar una vez metidos en situaciones extraordinarias. Este comportamiento puede revelarse mejor de lo que hubiéramos imaginado o peor, y resultar poco halagador o incluso alarmante. La historia está repleta de héroes y santos que eran personas perfectamente corrientes hasta ese momento en que el destino los puso a prueba. Exactamente lo mismo pasa con los colectivos o los países.

LEONARD BEARD

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Información publicada en la página 7 de la sección de Opinión de la edición impresa del día 28 de mayo de 2012 VER ARCHIVO (.PDF)

ME HA HECHO pensar en ello la forma en que la élite española, en especial sus políticos pero no exclusivamente, está tratando de navegar entre las violentas olas de la crisis. Siempre he creído que aquella máxima que apunta que cada sociedad tiene los políticos que se merece -o, dicho de otro modo, que el nivel de los políticos está correlacionado con el de la sociedad- es básicamente cierta y no me he cansado de criticar a los que estigmatizan a los políticos. Con todo, no me parece en absoluto exagerado ni ilusorio reclamar más, bastante más, de la política.

Observemos de forma muy sucinta algunos episodios del desbarajuste económico español. Quizá uno de los momentos más dramáticos se dio hace dos años, cuando España estuvo a punto de ser intervenida. Zapatero se vio obligado a imprimir un giro muy brusco en lo que había sido su política y su discurso. Era una situación límite, pero el PP decidió inhibirse y dejar solo al presidente. Fue una increíble irresponsabilidad de los populares, cegados de partidismo. Los pudo más las ganas de descabalgar a Zapatero que el patriotismo con que se llenan la boca.

En la última campaña electoral Rajoy insistió en la misma dirección y acusó a Zapatero, Rubalcaba y al PSOE de prácticamente todos los males. Por su parte, prometió lo que consideró oportuno para ganar las elecciones, pese a ser consciente de que no podría cumplirlo, de manera que desde que gobierna está haciendo lo contrario de lo que dijo. Además, retrasó el presupuesto hasta pasadas las elecciones andaluzas por puro electoralismo. Por Pascua improvisó el recorte de 10.000 euros más a unos presupuestos acabados de presentar, lo que debía causar estupefacción más allá de los Pirineos, especialmente después de que Rajoy apelara a la soberanía nacional española para regatear el límite del déficit en la Unión Europea.

En el caso Bankia hemos visto cómo a lo largo del tiempo el PP hizo crecer la bomba de relojería y sabemos que se dejó que fracasara la absorción por parte de La Caixa. Hace unos días se precipitaron los acontecimientos. Unos acontecimientos en relación a la responsabilidad de los que el Gobierno de Rajoy no ha dejado de señalar al gobernador del Banco de España, Fernández Ordóñez, desviando la atención de gente suya como Aguirre, Blesa, Camps, etcétera (no digo que el gobernador no tenga culpa, la tiene, pero ningún Gobierno serio, y menos en una situación crítica, arremete contra el máximo responsable de su banco central).

Cuando se intenta analizar por qué la desconfianza sobre España no ha dejado de aumentar hay que intentar mirar con ojos alemanes. Por poco que uno se meta en el papel y por poco que haga un esfuerzo de ecuanimidad, se dará cuenta que no es de extrañar que en el extranjero reine la desconfianza, e incluso una cierta desconsideración, sobre España, catalanes incluidos. Una España que, por ejemplo, comenzó hablando de un déficit del 6% para el 2011, tras el 8,5% y ahora, finalmente, del 8,9% (resulta que algunas autonomías del PP, como Madrid, habían enmascarado los datos).

DÁNDOLE VUELTAS, la conclusión a la que uno puede llegar fácilmente es que, pobrecitos, nuestros políticos en general no son capaces de nada mejor. Pero me parece que no es eso, o no solo eso, o eso no es lo peor. Lo peor, y es lo que más daño nos ha hecho a todos, es la resistencia a cambiar, a cambiar de la política pequeña, inspirada por la táctica y el recelo ante el adversario, la política que limita al norte con el márketing y al sur con el sondeo demoscópico, a una política de verdad, a una política grande. La resistencia (empiezo a sospechar que quizá la incapacidad) a cambiar de paradigma.Hay que exigir una política grande, y hasta un cierto punto temeraria. Necesitamos liderazgos tan comprometidos con su misión que sean capaces de despreciar la amenaza de derrota electoral, la posibilidad de ser barridos en su cita con las urnas. Como sentenció Winston Churchill -que en 1945 perdió las elecciones, a pesar de vencer a Hitler-, el político se convierte en estadista cuando comienza a pensar en las próximas generaciones y no en las próximas elecciones. Ahora, aquí, necesitamos estadistas. Periodista.

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