Francesc Escribano
Acostumbrados como estamos a que cada semana el Gobierno anuncie medidas de urgencia, en algunos casos forzadas y en otros aprovechándose de la crisis, no sorprendió a nadie que hace poco aprobara una que comportará una reordenación del mapa y del modelo de las televisiones públicas en España.
Información publicada en la página 7 de la sección de Opinión de la edición impresa del día 05 de mayo de 2012 VER ARCHIVO (.PDF)
Aparte del paso atrás que supondrá el criticable decreto que rompe el consenso para la elección de los órganos de gobierno de RTVE, se da un paso al vacío con la decisión de abrir la puerta a la privatización de las televisiones autonómicas. La medida puede poner en cuestión las razones fundacionales de la mayoría de las autonómicas existentes. Es probable que alguien lo encuentre más que justificable en este marco general de recortes. Por eso, siendo muy respetables todos los argumentos y todas las razones de ser, considero que no se puede poner en el mismo saco, por poner un ejemplo, la televisión de Catalunya y la de Murcia. No es que una sea más importante o mejor que otra, ni mucho menos; es, simplemente, que ponerlas al mismo nivel supone aceptar la política del café para todos. Lo que tienen en común es que son medios de proximidad, pero, de entrada, más allá de cuestiones nacionales e históricas, la existencia de una lengua propia marca un claro punto diferencial.
Para ver cómo se hacen las cosas en otros lugares, vale el ejemplo de Finlandia. Un país de siete millones de habitantes con dos lenguas oficiales, el finlandés, que conoce todo el mundo, y el sueco, que lo hablan unos 800.000 ciudadanos. Pues bien, la televisión finlandesa, desde sus inicios, como la cosa más normal del mundo, tiene un canal íntegramente en lengua sueca. Es un canal de televisión que, a diferencia de lo que pasa aquí, no pagan solo los ciudadanos que hablan sueco, sino que todos los finlandeses. Quizá es que en este país nuestro estamos tan acostumbrados a las cosas tal como son que a menudo nos olvidamos de cómo tendrían que ser.