Ajuzgar por las recientes convenciones de los dos grandes partidos estadounidenses, que pretenden colocar a sus respectivos candidatos en la Casa Blanca, la variable determinante está en las manos, y la oratoria, de sus esposas. Ambas tuvieron papeles estelares que desempeñaron con una profesionalidad y una competencia realmente espectaculares. El desparpajo, la seguridad y la aparente convicción con que pronunciaron sus discursos fueron admirables. Ni Romney ni Obama alcanzaron su poder de convicción cuando les llegó el turno de subir al estrado para aceptar la nominación como candidatos.
Información publicada en la página 12 de la sección de Opinión de la edición impresa del día 08 de septiembre de 2012 VER ARCHIVO (.PDF)
Que Michelle Obama, abogada de profesión, sabía enardecer a las multitudes era conocido. Había demostrado su temple en anteriores ocasiones ayudando a su marido en su ascenso a la presidencia de EEUU sin que le cortara un pelo la presencia de focos y cámaras de televisión. Más sorprendente, por inesperada, ha sido la actuación de Ann Romney, madre de cinco hijos, de profesión sus labores, sumisamente convertida a la religión mormona que profesaba quien sería su esposo. Su intervención puede haber sido decisiva para evitar que el candidato demócrata parta con una fuerte ventaja en las encuestas. Y ello porque algunos miembros del partido de Romney habían hecho públicas unas opiniones sobre cuestiones, como el aborto o las violaciones, que afectan a las mujeres. Se oyeron muchas protestas que auguraban una reducida proporción de féminas a favor de la opción republicana. La rubia Romney, con su aparición estelar, parece haber conjurado cuando menos parcialmente el peligro. ¿De dónde habrán sacado estas dos esposas un poder de convicción y un dominio de las masas tales que para sí quisieran sus maridos, que son los políticos profesionales? ¿No deberían intercambiar los papeles, ser ellas las candidatas y ellos los consortes?