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Esperando ante la puerta

Miércoles, 1 de agosto del 2012 Imprimir Enviar esta noticia Aumentar/ Reducir texto
POR
MÒNICA
TUDELA

A las 20.45 se abrió la puerta de la cárcel napolitana de Poggioreale. Y entonces sí. Entonces asomó la menuda figura de Óscar Sánchez, el lavacoches de Montgat que llevaba 20 meses preso por error. En una mano, una bolsa azul. La otra, en alto con el puño cerrado. Miércoles, 21 de marzo. 20.45. La larga tarde de espera empezó a las 14.30, cuando Óscar fue declarado inocente. Hacían falta unas horas para completar los trámites hacia la libertad. A su hermano, José Antonio; su primo Juan y su cuñada, Ángela, sólo les quedaba esperar. La alegría hizo las horas de espera más llevaderas.

Óscar Sánchez se abraza a su abogado, instantes después de salir de la cárcel de Nápoles. MÒNICA TUDELA

Óscar Sánchez se abraza a su abogado, instantes después de salir de la cárcel de Nápoles. MÒNICA TUDELA

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Información publicada en la página 328 de la sección de Opinión Verano de la edición impresa del día 01 de agosto de 2012 VER ARCHIVO (.PDF)

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Conmovedor ver a Juan, con el periodista Michele Catanzaro, llamar a la puerta de la cárcel para preguntar a qué hora saldría su preso. Michele le ayudaba con el italiano y con todo. Él, Antonio Baquero y Ángela Biesot destaparon el caso para EL PERIÓDICO. "A partir de las seis". No era la hora, pero nadie se movió. "Por si sale antes". Claro.

SEPARADOS POR EL TRÁFICO. Nos obligaron a esperar en la acera de enfrente. Ante la salida, pero lejos. Seis carriles de circulación nos separaban de la puerta. Y mucho tráfico. Pánico si paraba un camión y nos tapaba la visión. "¿Y si sale ahora?". La puerta se abría, alguien asomaba. Se cerraba. Alguien salía. No era él. Se abrió decenas de veces. Siempre atentos para verle salir. Para hacernos ver. "¿Y si sale como una moto y no ve los coches?". Por eso se acordó que su hermano iría a buscarle.

Pero en el intervalo pasó más. Dio tiempo de comprar bebida y galletas para compartir. Tiempo para decir que nos veríamos en Barcelona con más calma. Tiempo para maldecir a los agentes de la puerta, que a veces la abrían sin motivo aparente. Solo para ver si los españoles seguíamos ahí. Solo para que nos diera un vuelco el corazón. Miraban, reían y cerraban. "¿Serán capaces de dejarle el último?". Tiempo para explicar a los viandantes qué narices hacíamos allí. Alguno incluso nos dio ánimos y esperó con nosotros.

No hasta el final. Al final estábamos los del principio. 20.45. Óscar cruzó, ahora sí, la puerta. Asomó la cabeza, con una media sonrisa. Salió rápido. Levantó el puño, contento. Su hermano corrió a buscarle. Abrazos. Cruzaron juntos. "Ya le tenemos aquí". La emoción, o algo más grande, nos unió aún más. Contó que en la bolsa azul llevaba cartas de apoyo y recortes de EL PERIÓDICO. Se lanzó emocionado a los brazos de su primo. Lloró ahogadamente un instante. Y luego, sacando fuerza, se giró hacia la cárcel e hizo un corte de mangas. "¡Toma! ¡Toma!". "Ya está, Óscar, ya está. ¿Qué quieres hacer?". "Tomarme una cerveza con mi abogado". Y así fue. Final feliz.

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