Josep Maria Espinàs
Periodista y escritor
En la Consejería de Educación, Universidad, Cultura y Deporte del Gobierno de Aragón han presentado el proyecto de una ley según el cual no será lícito llamar lengua aragonesa ni lengua catalana a las lenguas que se hablan en la parte oriental de Aragón. Si lo he entendido bien -porque una afirmación contra la realidad siempre es confusa-, a partir de ahora las diferentes modalidades del aragonés y el catalán serán «lenguas aragonesas de uso predominante en las áreas septentrional y oriental». Quizá no tiene nada que ver con todo esto aquella frase, con apariencia de chiste, según la cual un señor dice, hablando de los catalanes: «Que al pan le llaman pa, pase; que al vino lo llamen vi, se entiende; ¡pero que al queso lo llamen formatge, cuando se ve tan claro que es queso...!».
Información publicada en la página 10 de la sección de Opinión de la edición impresa del día 26 de junio de 2012 VER ARCHIVO (.PDF)
O sea, que todo aquello que no sea castellano al parecer no se refleja en el anteproyecto. ¿Y el catalán es aragonés oriental? Partiendo de esta idea, resulta que me habrán de explicar si es cierto que todos mis libros y artículos están escritos en aragonés superoriental, porque supero la frontera geográfica de Aragón. Estoy contentísimo de añadir otra lengua a mi modesto repertorio de conocimientos lingüísticos. He hecho varios viajes a pie por comarcas de la llamada Franja y también por tierras de Castellón, y yo siempre he tenido la impresión de que la gente me hablaba en catalán, un catalán que me era familiar porque coincidía con el habitual en las tierras de Lleida.
En Benafigos, comarca del Alcalatén, en Castellón, un lugareño que miraba mis frágiles zapatos me dijo: «Si volen, esta tarda els baixe a Atzeneta». Ya me dirán si esto no es catalán. En Albelda, en la Llitera, Huesca, un poeta local redactó este pregón de las fiestas: «I ací s'acabe el pregó / de les festes de Sant Roc /, que'l sant mos done salut / als forasters i als del lloc». Saliendo de La Torre d'en Besora, en el Alt Maestrat, Castellón, un hombre mayor nos quiso acompañar un rato. Hasta que nos dijo que «li havien estirat dues venes» y que nosotros iríamos más deprisa. A la izquierda había una masía abandonada y nos dijo exactamente esto: «Este poble també s'acabarà. Los quatre abuelos que som mos morirem, i els jovens se'n van». ¿El lector puede creer que este hombre no me hablaba en catalán? ¿En qué, entonces?
Según el proyecto de la consejera, el catalán ya no debe citarse como una de las lenguas de Aragón. Una vez más, la política contra la lingüística. La negación de la realidad es un síntoma alarmante.