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Marçal Sintes

Una iniciativa polémica

Marçal Sintes

Periodista

El escrache, un mal camino

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Miércoles, 24 de abril del 2013 Imprimir Enviar esta noticia Aumentar/ Reducir texto

El escrache o escarnio ha sido calificado por la popular María Dolores de Cospedal como «nazismo puro». Resulta penoso cómo la derecha -y también la izquierda- española utiliza el término nazi. No solo por la evidente y absoluta falta de rigor, sino también por la grosería moral que representa.

Está fuera de lugar que el escrache lo igualen al nazismo, porque el nazismo es otra cosa. Y es ofensivo porque supone una frivolización, un tomarse a la ligera unos sucesos con los que ninguna persona decente debería jugar, esto es, el exterminio ejecutado por el régimen de Adolf Hitler. Utilizar el término nazi a diestro y siniestro, como se hace también para descalificar al soberanismo catalán, habla, y muy mal, más de quien comete este pecado que de aquello que se pretende descalificar.

HECHA ESTA ineludible acotación, cabe decir que me cuento entre aquellos que rechazan el escrache. Y no solo como método, sino también por las implicaciones conceptuales que tiene, por las ideas que su práctica y la defensa de ella que hacen algunos -a menudo armados de un populismo indigerible- llevan adheridas.

Se está practicando el escrache mayoritariamente contra representantes del PP y en protesta contra los desahucios hipotecarios. No solo. Lo hemos visto, por ejemplo, en el caso de la consellera de Ense-

nyament de la Generalitat, Irene Rigau, a raíz del conflicto en torno a la construcción de una escuela. En Francia, los que rechazan los matrimonios gais lo han utilizado contra miembros del Ejecutivo de Hollande.

El escrache o escarnio consiste en concentrarse ante el domicilio de alguien, repartir allí papeles, clavar pegatinas y hacer saber a todos que, en definitiva, aquel político es una mala persona. Las consignas ofensivas son inevitables. Por supuesto, el escrache incluye molestar a los vecinos y los familiares. El objetivo del acoso no es otro que hacer pagar a alguien por sus decisiones y/o presionarlo para que cambie su posición. Lo que hace el escrache es básicamente, pues, trasladar una problemática que tiene lugar en el ámbito institucional y público, su lugar natural, al ámbito privado para violentar a la persona, su familia y su vecindad; además, claro, de llamar la atención de los medios de comunicación, que de este modo se convierten por fuerza en cooperadores y amplificadores del escarnio.

El escrache no tiene nada de protesta pacífica, ni los que lo practican pueden ser calificados de activistas no violentos. La libertad de expresión o de manifestación no ampara, no lo puede hacer, un tipo de actuación que tiene como objetivo causar molestias, incomodar y acosar a una persona y su entorno. Los políticos contra los que se protesta han sido elegidos democráticamente en unas elecciones. No es el caso de los que se reúnen ante sus domicilios. Sin embargo, estos últimos se creen con derecho a acosarlos. ¿Qué es lo que supuestamente les da derecho a hacerlo? Sencillamente, que creen -mejor dicho: están seguros- que tienen la razón y los otros no tienen ni un gramo.

A la intrusión en el espacio privado para violentar a representantes democráticos, al abuso de la libertad y a la deslegitimación de los mecanismos democráticos hay que añadir otro aspecto, tampoco menor. En el corazón del sistema democrático y de la filosofía que lo sustenta está la idea de debate. Un debate que debe reunir una serie de requisitos. El debate democrático es, idealmente, aquel en el que se confrontan ideas pero siempre con voluntad constructiva, lo que significa que todos los participantes deben estar dispuestos a escuchar, calibrar y, en su caso, dejarse convencer por los argumentos de los demás. Un debate que es de ideas y desde la razón, y en el que, cabe remarcar, no tiene cabida la embestida personal, el ataque ad hominem.

¿QUIERE DECIR todo esto que, por practicar el escrache, los que claman contra los desahucios no lleven razón? No. Del mismo modo que ellos no pueden presuponer tenerla, tampoco su causa puede ser descalificada, como hacen algunos de forma insultante, por utilizar un método -desde mi punto de vista- inaceptable. No hay que mezclar los planos. En el caso de los desahucios, los escraches -llevados a cabo por una minoría- no deberían ser la excusa para ignorar un problema que afecta a muchos miles de familias. Creo que tanto los activistas antidesahucios como los políticos deben saber separar los planos.

Los políticos están obligados a atender la realidad dramática de los desahucios y actuar. Se han hecho y se hacen todos los esfuerzos del mundo para rescatar a las cajas y los bancos arruinados. Sería justo que también se hicieran para atender los problemas de la gente, y en especial para intentar como mínimo resolver o aliviar aquellas situaciones más desesperadas.

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