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Pequeño observatorio

Un empujón para empezar a caminar

Viernes, 13 de julio del 2012 Imprimir Enviar esta noticia Aumentar/ Reducir texto
Josep Maria Espinàs Periodista y escritor

Escribía Josep Pla: «Hace diez años, me bastaba con siete u ocho horas de sueño seguidas para volver a la realidad. Ahora necesito un día, a veces un día y medio, para eliminar el alcohol que he ingerido. Ya hace muchos años que debería estar muerto. El periodo 1940-1955 fue un desbarajuste excesivo. Pésima bebida casi a diario utilizada. A veces, la necesidad de tener que hacer un artículo me llevó a beber tres cuartos de botella de coñac del país, o sea, matarratas». Recuerdo una reunión literario-social -quizá hace 50 años- en la que Pla se mostraba un tanto excitado y lanzaba unas frases objetivamente desagradables contra un joven periodista. La agresividad no es forzosamente la consecuencia de un exceso de alcohol. Hay abstemios totales que no son precisamente muy pacíficos ni tolerantes. Pero si la bebida provoca un cierto descontrol, se puede producir un espectáculo público desagradable, y no es fácil hacer bajar el telón. Pla explica que la necesidad de hacer un artículo lo llevaba a beber tres cuartos de botella «de un infecto coñac del país». Es una barbaridad, pero la necesidad me la puedo creer. No porque yo la haya sentido con respecto al alcohol, en ningún momento de los 35 años, ya, de escribir un artículo cada día. Si he escrito alguna barbaridad me siento responsable, no puedo excusarme diciendo que ese día no estaba lo bastante sereno. Soy un bebedor ocasional, y además en cantidades modestas. Cuando voy a mi excelente y ya familiar restaurante Lázaro, uno o dos días a la semana, tienen la gentileza de traerme lo que llamamos un espinàs: aproximadamente medio whisky con dos pequeños cubitos. Hace muchos años que no bebo en casa, y la anécdota es significativa. Pla explica que no paraba de beber coñac porque tenía que hacer un artículo. Una noche me puse a trabajar con un vasito de whisky junto a la máquina de escribir. El hecho es que cuando acabé el artículo me di cuenta de que no lo había ni probado. Eso sí, me había fumado un par de pipas. Sin ninguna conciencia de estar fumando. O sea, el alcohol y el tabaco como estímulos de un acto reflejo: empezar a trabajar. Poner una condición instintiva es un hecho bastante extendido. Hay escritores y pintores que necesitan la compañía de la música. Los hay que exigen un silencio absoluto. Habrá quien no pueda arrancar el ordenador de la oficina si no se ha tomado un café que debe ser, forzosamente, corto y sin azúcar. Animales de costumbres, sí.

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Información publicada en la página 14 de la sección de Opinión de la edición impresa del día 13 de julio de 2012 VER ARCHIVO (.PDF)

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