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Gemma Tramullas

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Gemma Tramullas

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Dolors Freixas: «En mi casa nunca hemos tomado ni un ibuprofeno»

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Sábado, 19 de enero del 2013

Son las diez de la mañana y Dolors se desplaza desde su domicilio en Ullà (Baix Empordà) hasta los prados del Ripollès donde la nieve aún no ha quemado la hierba. A sus 63 años, recoge cuidadosamente puñados de hierba hepática que solo ella sabe dónde crece y con la que elaborará un preparado para desinflamar el hígado. Es una de las 300 plantas medicinales que tiene identificadas y que vende en las ferias y mercados (remeisdeladolors@hotmail.com).

JOAN CASTRO / ICONNA

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Información publicada en la página 64 de la sección de Contraportada de la edición impresa del día 19 de enero de 2013 VER ARCHIVO (.PDF)

-Nunca hay que coger plantas de los márgenes alquitranados de las carreteras -advierte- porque hay muchos gases tóxicos de los coches. Yo me desplazo hasta las montañas del Montgrí, las Gavarres y Rocacorba; hasta las cumbres del Ripollès, el Alt Urgell y el Vall d'Aran. Entro en masías abandonadas y en los campos donde pasta el ganado, porque sé que allí no ha entrado la química.

-¿Quién le ha enseñado?

-Son muchos años de observación y experimentación. Nací en una masía en lo alto del Puig d'Arques, en el corazón de las Gavarres. Mi abuela lo curaba todo con plantas: resfriados, heridas, golpes... Tenía cinco hijos y cuando ya no quiso tener más tomaba ruda como anticonceptivo. También sufría de dolores de cabeza y cada año esperaba la llegada de Sofia, la última trementinaire.

-Aquellas mujeres sabias que bajaban desde el Pirineo hasta el mar para vender sus remedios naturales.

-Yo tendría 9 o 10 años cuando la conocí. Era una mujer muy alta y de complexión fuerte, parecía muy valiente. Vestía una capa negra muy gruesa y debajo llevaba una cantimplora con sus preparados de plantas. Hizo su último viaje en 1984. Ahora tendría más de 100 años.

-¿Cómo fue su infancia en un lugar tan aislado?

-Estábamos a varias horas en carro del pueblo y hasta los 12 años no conocí ni médico ni escuela. Teníamos ovejas, vacas y cerdos y yo corría todo el día por la montaña con los animales. Ellos me enseñaron a conocer las plantas que son buenas.

-¿Cómo?

-Igual que hicieron los egipcios, observándolos. Si en medio de un prado donde pastan 500 o 1.000 vacas ves un claro con mucha hierba que los animales no tocan, te acercas y allí está: la cicuta.

-¡La planta que mató a Sócrates!

-Y a algún que otro rey también. Es una planta muy venenosa, mortal, que se parece mucho al perejil. Los animales en libertad son muy listos y podemos comernos las mismas plantas que ellos. Un día, en la montaña del Taga, en el Ripollès, vi un rebaño que devoraba un prado y lo dejaba cortado de raíz. Me acerqué saltando la cerca electrificada, y al agacharme para coger la planta vi restos de granizo que había caído la noche anterior. Aquellos animales habían dormido al raso y tenían todos faringitis. Un día que me dolía la garganta herví aquella hierba, la tomé tres veces y al día siguiente estaba perfectamente. Cuando hago un preparado nuevo siempre lo pruebo antes con mi cuerpo.

-¿Se puede saber qué hierba es?

-Yo la llamo hierba de las anginas; no está en ningún libro. Si fuera joven me pondría a estudiar Química, pero casi no fui a la escuela, así que por ahora me limito a apuntarlo todo en una libreta.

-¿Qué le dicen los médicos?

-Tengo clientes médicos. Un señor que se llevaba regularmente varias bolsitas de mis hierbas para el resfriado resultó ser el director de un CAP. La medicina avanza muy rápido y gracias que están los médicos. Yo misma tengo artrosis en una rodilla y estoy en lista de espera para operarme. Pero podríamos ahorrarnos muchos fármacos. En mi casa nunca hemos tomado ni una aspirina, ni un gelocatil, ni un optalidón, ni el ibuprofeno del que tanto se habla.

-¿Y qué hace si le duele la cabeza?

-Es que no me duele nunca. A los 40 años tuve un ataque de artritis y durante 20 me he tratado tomando medio litro de agua de hierbas antiinflamatorias que me han desinflamado todo el cuerpo. Ya puede cambiar el tiempo o ya puedo haber dormido poco, que jamás tengo ni sombra de dolor de cabeza. A mis hijos también les he curado siempre con plantas. A los 18 años nunca habían tomado un antibiótico.

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