El Gobierno de Rajoy dejará sin tarjeta sanitaria a los inmigrantes sin papeles y arrebatará a medio millón de personas con las que convivimos un derecho universal para nosotros. La medida ahonda en la fractura abierta que ya hace tiempo culpabiliza y desampara a los más débiles frente a los zarpazos de la crisis. Con ella, todos perdemos algo. Unos, un derecho. Otros, la dignidad. Ese valor que se precipita imparable por el sumidero del egoísmo. El beneplácito -o incluso el aplauso- con el que la restricción ha sido recibida en numerosos foros delata el progresivo descrédito de la solidaridad entre la ciudadanía. Un fracaso que, en buena medida, está siendo alentado por los diferentes gobiernos. Día tras día crecen los argumentos beligerantes en defensa de «lo nuestro» y «los nuestros», reduciendo esos «nuestros» a los que el poder de turno considera un reflejo de sí mismo. Los «otros», los que no reúnen los requisitos o no piensan del mismo modo, son rebajados a ciudadanos de segunda. Parásitos que nos roban la sangre o traidores a la causa. Los gobernantes y sus agitadores profesionales tienen sobre su conciencia la deriva que el odio pueda emprender. Despertar al monstruo es un imprudente ejercicio de cinismo y cortoplacismo. Creer que después se le podrá manejar es una imperdonable muestra de ingenuidad. Primero habremos provocado la ruina económica. Después, la moral.
Información publicada en la página 8 de la sección de Opinión de la edición impresa del día 25 de abril de 2012 VER ARCHIVO (.PDF)