ÚLTIMA HORA Nadal derrota a Berdych (6-2, 6-4) y jugará la final de Roma
Xavier Bru de Sala
Escritor
Este artículo tiene dos partes y un mismo título. La primera, sobre la reacción al fuego. La segunda, sobre el ahogo financiero de Catalunya y la ausencia de reacción. Ante un gran incendio, todos a correr. Cuando no había bomberos, todo el mundo conocía las campanadas de fuego y se apresuraba a ayudar. Ahora no se permite colaborar en las tareas de extinción ni a los que sufren las consecuencias directas del fuego. Desalojados o confinados, pero quietos.
Información publicada en la página 9 de la sección de Opinión de la edición impresa del día 27 de julio de 2012 VER ARCHIVO (.PDF)
La impotencia forzosa aumenta el sentimiento de desolación. Los alcaldes de las poblaciones afectadas suelen quejarse, argumentan que conocen el terreno. Cierto, pero también lo es que no conocen el fuego, que saben tanto, es decir tan poco como usted o yo, del comportamiento de este. Ante el fuego forestal, los remedios caseros pueden ser tan contraproducentes y peligrosos como en caso de enfermedad. Dejad que los médicos traten a los enfermos y los bomberos, el fuego.
LOS DEMÁS, cuanto más queremos ayudar, más molestia solemos causar. Los especialistas en extinción, auxiliados por numerosas investigaciones, han estudiado a su enemigo y acumulan una formidable experiencia teórica y práctica. No es como sucedía años atrás. Ahora estamos bien preparados para intervenir.
Con la presencia al pie del cañón del conseller Felip Puig, los trabajos de extinción se han llevado a cabo con una gran profesionalidad y abundancia de medios. Seguro que no se podía hacer mucho más. ¿Y ahora que ya pasó? Podríamos tratar de incrementar el civismo, denunciar a los que lancen colillas (fumar en el coche es peligroso, además de insalubre), y quizá aprender cuatro nociones elementales sobre el bosque. Para empezar, que en la inmensa mayoría de los casos, sobre todo si el fuego ha ido raudo, ni siquiera es recomendable, según los biólogos, repoblar el bosque quemado. De modo que la campaña incipiente de un árbol en el Empordà por cada catalán se quedará en una bonita reacción espontánea y solidaria. Una vez quemado, el bosque mediterráneo pide casi siempre que no se intervenga y al cabo de unos años o algún decenio se recupera por sí mismo. Con frecuencia, al cabo de un año o dos, el paisaje ya ha mejorado bastante.
Por lo tanto, la acción humana contra la tragedia de los incendios forestales consiste en la prevención y en la extinción. Sobre la prevención, hay mucho trecho por recorrer. Durante siglos, los bosques estaban limpios, explotados y habitados con una baja densidad, que es la ideal. La masa forestal se interrumpía con campos que hoy vuelven a ser más combustible que bosque. Se cortaba leña, se hacía carbón. Se combinaba con cultivos y pastos. Había masías por doquier, con los caminos correspondientes. En los últimos tiempos, el bosque se ha abandonado, han crecido la masa y la superficie forestal. Han casi desaparecido miles de masías esparcidas por el territorio y millones de kilómetros de caminos rurales, por donde ahora podrían pasar los bomberos. En los años cincuenta y antes apenas había incendios y estos eran de pequeña magnitud.
Las políticas públicas, inspiradas por un falso principio de retorno al estado natural, han sido desertitzadoras, es decir devastadoras. En la medida que prohíben la más mínima ocupación humana del bosque y la montaña, aunque lo son. La inicial desolación impotente debe dar paso a la conciencia, al conocimiento y a la introducción de cambios.
Esta Catalunya abrumada por la devastación del fuego es noticia en medio mundo por la insuficiencia financiera que la obliga a pedir socorro al Gobierno español. Ni rica ni plena, titulaba este diario para destacar no solo la extrema gravedad de la situación, que quizá a estas alturas ya no es necesario, sino la distancia, abismal y creciente, entre el sueño y la realidad catalana.
ESTE TITULAR que contradice la letra de Els Segadors, tan contundente y pertinente, invita a una pequeña reflexión. Que estamos lejos de toda plenitud y que no somos un país rico constituyen las dos caras de una mala moneda. Ahora bien, el caso especial, quizá único en el mundo, se encuentra en la siguiente paradoja: Catalunya ha producido en el pasado, y produce aún hoy, riqueza suficiente como para encontrarse muy lejos de esta situación. España, no. Catalunya no debe cambiar de modelo económico. España, sí.
Catalunya mantiene una parte esencial de su denso tejido productivo. España no se ha ocupado de construir suficiente. Y es justamente de este Madrid inviable, que tendría tanto que aprender de Catalunya, que nos ha de venir el auxilio, con una parte del dinero que genera Catalunya, que no vuelve y que ahora se obtendrá en forma de crédito condicionado. Ante esta dura realidad, la reacción vuelve a consistir en la misma desolación inactiva, en una impotencia similar a la del fuego del Alt Empordà. Con la diferencia que más que ayudados por bomberos parece que nos encontramos en manos de incendiarios. Escritor.