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J. Mª. Fonalleras
Hemos vivido unos días de intensa nostalgia. Hemos recuperado emociones que fueron profundas, hemos evocado momentos de gloria y de llanto entusiasta, hemos conocido anécdotas que no sabíamos. Yo no había visto nunca la acción del pobre hombre que, con una manta, tuvo que apagar el fuego olímpico justo después de que la flecha de Rebollo pasara por encima del pebetero y fuera a parar más allá del estadio. El tono irónico de Pasqual Maragall cuando confesaba que la cosa hubiera ido igual de bien porque había un botón que es el que, de verdad, encendió el símbolo, es un documento espléndido. Hemos recuperado, pues, las imágenes de aquel espíritu que hizo estremecer a una ciudad y a un país. Incluso hemos vuelto a hacer una ruta hacia Montjuïc, equipados con la antorcha de las ilusiones perdidas.
Información publicada en la página 8 de la sección de Opinión de la edición impresa del día 27 de julio de 2012 VER ARCHIVO (.PDF)
Aquellos días, todo el mundo recuerda qué hacía y dónde estaba. Hubo quienes vivieron con felicidad el sentimiento olímpico. Quienes pasaron (olímpicamente, por supuesto) de los fastos deportivos. Quienes se lo miraron con displicencia o con desazón política, y hubo muchos que creyeron que las anillas de colores eran una especie de maná que solucionaría todos los problemas. Ahora nos queda el ejercicio de la reconstrucción sentimental. Hace 20 años no sabíamos qué nos esperaba. Ahora, el problema es que no sabemos si tendremos fuerzas para recordar nada dentro de 20 años.