Durante la última legislatura socialista, las ojeras de Zapatero se convirtieron en el reflejo de la situación económica del país. Un cerco cada vez más profundo, cada día más sombrío. Una mancha que era el velo de la izquierda europea, el estigma de la decepción y el desengaño. Comparecencia tras comparecencia, su semblante iba desalojando la esperanza e instalándose en la amargura.
Información publicada en la página 6 de la sección de Opinión de la edición impresa del día 16 de mayo de 2012 VER ARCHIVO (.PDF)
El rostro que el 20-N del 2011 encajó la derrota de las urnas se antojaba la máscara del fracaso de la socialdemocracia, bajo ella quedaba enterrado para siempre el idealismo que aquel joven presidente había querido encarnar. Hoy, cuando en la mirada de todos se dibuja la incertidumbre, cuando los miedos pequeños se entrelazan con los grandes y da vértigo arrancar las hojas del calendario, buscamos el rostro del hombre en el que ha confiado la mayoría y, simplemente, no lo encontramos. No sabemos si las ojeras ya han devastado el rostro de Rajoy, si hoy son más profundas que ayer y andan colmadas también de miedo e impotencia. En una de sus primeras comparecencias, el presidente anunció que él sí daría la cara ante las dificultades. Su silencio en el Congreso no solo es otro incumplimiento de palabra, sino también un irresponsable gesto de desgobierno. Y, por encima de todo, un temerario modo de ahondar en la sensación de desamparo de unos ciudadanos impotentes ante una ofensiva sin rostro.