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El pensamiento y la creatividad

Cultura sin poder

La derecha ha ganado el sordo combate y se dispone a desmantelar las políticas culturales activas

Viernes, 25 de mayo del 2012 Imprimir Enviar esta noticia Aumentar/ Reducir texto
Xavier Bru de Sala Escritor

Uno de los indicadores más claros de la modernidad consiste en la distancia que toma la cultura en relación con el poder. La cultura moderna se entiende autónoma, no sometida, crítica. Se fundamenta en sí misma para construir modelos sociales, en concurrencia o confrontación con el poder político, el económico o el mediático, pero siempre desde la propia esfera.

PERICO PASTOR

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Información publicada en la página 7 de la sección de Opinión de la edición impresa del día 25 de mayo de 2012 VER ARCHIVO (.PDF)

España casi siempre ha sufrido un divorcio entre poder y cultura. No que la cultura se haya sometido al poder, si no es en breves periodos, sino que ha experimentado una franca hostilidad desde el poder. Alfonso X el Sabio debe ser el último rey que no la veía debajo o la prefería lejos. Toledo como símbolo de tolerancia fue efímero. Pensemos en Servet y la Inquisición, el espíritu tridentino, el siglo de oro y el barroco como formas de denunciar la decadencia o huir de ella. Pensemos en la persecución de los liberales, en la generación del 98 y la del 27, o en la posguerra. Pensemos en la España tridentina, el cierre y el retraso que tanto costaron de recuperar. Observemos cómo la cultura del franquismo se parece a la de Felipe V, caracterizada por el academicismo vacuo, oficialista e integrado en las estructuras del poder, a cuyo servicio se encontraba. Más en esos que en otros periodos, ser moderno comportaba ser antiespañol.

Hay un continuo que va de cuando los oficios que permitían pensar mientras se trabajaba -como sastre o zapatero- eran sospechosos de ser refugio de conversos, siempre peligrosos, hasta la muerte de García Lorca y el franquismo. Peor aún: secularmente, la alta cultura de creación no forma parte de la identidad española. Las aportaciones de los historiadores, los pensadores o los escritores interesan a unas élites pero no al poder o al pueblo, ambos bastante impermeables. El trágico siglo XX español es en buena medida resultado del fracaso del regeneracionismo cultural del 98, debido ante todo a su aislamiento social.

¿Ha ocurrido lo mismo en todas partes o bien la historia social de la cultura española, en buena parte sin estudiar, constituye una singularidad en el contexto europeo? Según lo veo, España presenta un caso excepcional de alejamiento o ausencia de la cultura en la forja de la nación. Si la comparamos con la francesa, la inglesa, la germánica o la catalana desde la Renaixença, observaremos mejor esta diferencia crucial y paradójica. ¿Por qué Napoleón se guardaba tanto de enfrentarse a la pluma? Porque el resultado de la ilustración y los enciclopedistas es la guillotina que secciona el cuello de Luis XVI. Podemos afirmar que Hegel y Marx transformaron el mundo. Verdaguer y Maragall, Catalunya. Pero Unamuno no había aprendido de Cervantes que la cultura no puede cambiar España. Ortega, más lúcido, confiaba en que Europa sí podría, pero ya vemos que tampoco o muy poco.

En síntesis, siempre en difícil equilibrio, la cultura y el poder conforman el tapiz de la civilización occidental en los últimos siglos. En España, el pensamiento, la filosofía, la literatura o las artes han ocupado un lugar secundario. Su protagonismo, cuando lo ha tenido, es en todo caso de rechazo, de importación, utilitarista, no autóctono.

¿Hasta qué punto el advenimiento de las políticas culturales, implantadas con la democracia, cambió las cosas? La cultura experimentó un desarrollo extraordinario, pero no se ha convertido en autónoma del poder sino que se ha quedado en el alfil blanco y el negro del juego del poder político entre los dos grandes partidos. La derecha ha ganado el sordo combate, y se dispone a desmantelar las políticas culturales activas, ya que por naturaleza favorecen el pluralismo y las miradas críticas.

Ahora, a base de liberalismo doctrinario se desautorizan las políticas culturales argumentando que el genio es individual. Como se ve en los presupuestos de Cultura, el propósito es potenciar Madrid como escaparate cultural y abandonar la producción a la suerte del mercado en el peor momento del mercado.

El cambio de Madrid acaba de empezar pero parece irreversible. Barcelona y Catalunya, que compartían modelo con el poder central, no tienen la menor intención de cambiar. La diferencia es insalvable. El divorcio es el resultado de la estrategia cultural dibujada por la FAES y la derecha. No se trata del modelo anglosajón contra el modelo francés, sino de hostilidad, de arrinconar la cultura desde el poder. Cultura, cuanta menos mejor, sobre todo si no está al servicio del poder. La ley del mecenazgo es una pantalla que no está diseñada para suplir sino para maquillar el drástico recorte de los Presupuestos.

En Catalunya sufriremos, no porque abunden los discrepantes del modelo protector europeo sino porque fallan doblemente los recursos para pagarlo. Los de aquí, porque no existen. Los de Madrid, porque los invierten en sus escaparates. A ver cómo espabilamos, con tantas dificultades, para que la cultura recobre poder en Catalunya.

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