Al terminar este curso académico 2012-13 saldrán de las universidades catalanas las primeras generaciones formadas en el Espacio Europeo de Educación Superior, el denominado plan Bolonia. Cuando empezó, con una fuerte contestación por parte del Movimiento anti-Bolonia, escribí en estas mismas páginas (27 de marzo del 2009) que este era un proceso que se había iniciado «hace 10 años, cuando 29 países europeos se pusieron de acuerdo en las características que debería tener la universidad del futuro: moderna, con más implicaciones de docentes y alumnos y con unos estándares de calidad comunes que permitieran la homologación de títulos y la movilidad de estudiantes y profesores. (...) Renunciar significa situarse fuera de la realidad y permanecer al margen del contexto universitario de referencia».
Información publicada en la página 8 de la sección de Opinión de la edición impresa del día 10 de octubre de 2012 VER ARCHIVO (.PDF)
PERO ADVERTÍA de que eran necesarios «recursos para sacar adelante Bolonia. Son claramente insuficientes tanto en lo referente al sistema de becas como de formación del profesorado y de adaptación de la docencia: evaluación continua, tutorías personalizadas y prácticas».
El pasado 17 de septiembre, el rector de la Universitat de Barcelona (UB), Dídac Ramírez, declaraba en el canal 3/24: «La aplicación del plan Bolonia en algunas facultades ha sido un chapuza». Tiene toda la razón, al menos en el caso de las facultades de letras como la mía. Sin menospreciar otros factores, el problema de la implantación de Bolonia ha sido básicamente de recursos, no los contenidos del plan, que me siguen pareciendo válidos y similares a los que hace décadas se aplican en las universidades del Reino Unido, que, en general, destacan por su excelencia. Es lo que he conocido en Cambridge y East Anglia, por poner dos ejemplos de universidades inglesas bastante diferentes. Tres años de contenidos y conocimientos básicos al alcance de todos, un máster de especialización y una tesis doctoral si se quiere hacer carrera en la universidad. ¿Qué es lo que ha fallado?
En primer lugar, aquí los tres años del grado se han convertido en cuatro para paliar las deficiencias con que llegan los alumnos al ciclo universitario. Esto no sería lo más grave si no fuera que, aun así, los niveles siguen siendo muy bajos y que el sistema de becas, de una insuficiencia insultante, no garantiza ni la igualdad de oportunidades ni una dedicación a tiempo completo a los estudios universitarios .
En segundo lugar, la política de recortes con que se ha intentado responder a la crisis económica se ha traducido en una falta de recursos alarmante, que ha obligado a masificar las clases. En resumen, con grupos de 80 o 100 alumnos y con tres o cuatro grupos por profesor -y sin profesores ayudantes-, practicar la evaluación continua y el seguimiento personalizado de los alumnos se ha convertido, en el mejor de los casos, en una broma de mal gusto por los profesores y los alumnos.
Por último, la imposibilidad de hacer lo que pide Bolonia ha llevado, como paliativo, a intensificar las tareas administrativas y burocráticas en forma de distribuciones teóricas de horas presenciales, de atención a los alumnos, de investigación, de actividades complementarias, de prácticas, de campus virtual, con sus correspondientes oficios a cumplimentar por parte del profesorado, que cada vez los alejan más de la realidad, que, incluso, en algunos casos, es la falta de aulas para llevar a cabo todo este conjunto de actividades complementarias.
SI A TODO ESTO añadimos que los mecanismos de transmitir el contenido han cambiado radicalmente en los últimos años y que no todo el profesorado domina de manera suficiente las nuevas tecnologías -que no es solo leer un power point en las clases- y que al profesorado más joven, mejor preparado en este sentido aunque con menos conocimientos especializados por una pura cuestión de edad, se le cierra el paso a una situación de estabilidad y se le mantiene en una precariedad laboral y salarial que clama al cielo -cuando no es directamente despedido por falta de recursos-, ya tenemos la chapuza de la que hablaba el rector de la UB.
El corolario no es la privatización de la universidad en la forma que temían los anti-Bolonia (la complementariedad entre universidad y empresa en campos como la medicina son los que dan el plus de excelencia a la UB) , sino una privatización por la vía de la degradación de la universidad pública que dará juego progresivamente a las universidades privadas y establecerá una discriminación económica insalvable. Quizá, como decía el president Artur Mas, la austeridad es un valor, pero el efecto de los recortes sobre la universidad pública catalana compromete seriamente su futuro y el del país. Catedrático de Historia
Contemporánea de la UB.