Lo que pudo haber sido una aventura de verano, el amor a primera vista que Samuel sintió la primera vez que vio a Isabel -ella viajó desde Catalunya a Villa del Salvador (Perú) como voluntaria de una oenegé, 15 días-, es hoy una familia en Santa Perpètua de Mogoda. Ocho años de convivencia y dos hijos: Abel, de 4 años, y Ruth, de 2. Solo él (Iquitos, 1977) sabe lo que significó tener que demostrar que el suyo no era un matrimonio de conveniencia.
Información publicada en la página 36 de la sección de Contraportada de la edición impresa del día 21 de agosto de 2012 VER ARCHIVO (.PDF)
-¿Cómo se demuestra eso?
-Solo hay una manera de hacerlo: haciéndola feliz a ella. Yo sabía lo que sentía, lo supe desde el primer momento -es algo que no sé explicar con palabras, no las hay-, pero a nuestro alrededor parecía que lo que preocupaba a la gente era si yo me casaba por los papeles. Porque tuve que casarme para poder venir a conocer su país.
-¿No podía venir como turista?
SEnDEn la Embajada de España en Lima me denegaron dos veces el visado para venir como turista. Isabel y yo llevábamos más de año y medio de correspondencia, por mail y por carta -con sobre y sello-. Ella había ido al notario, había pagado una carta oficial de invitación, pero de nada sirvió.
-¿No les impresionaba casarse sin apenas haber convivido?
-Sí. Por eso decidimos encontrarnos en Colombia. Los peruanos nos podemos mover por Latinoamérica sin problemas de visados, y a ella le apetecía descubrir otro país, porque a Perú ya había venido a verme dos veces. En Colombia viajamos los dos como turistas y así tuvimos más tiempo para conocernos.
-Y para decidir casarse.
-Lo acabamos decidiendo en la distancia. Al final, los dos pensamos que si las cosas pasan es por algo.
-¿Cómo fue su llegada aquí?
-Cuando llegué no era yo, no era Samuel, era el marido de Isabel, y no sabes si la gente te saluda porque les caes bien o por compromiso. Poco a poco me he ido haciendo mi espacio. Jugando al ajedrez con abuelitos de Santa Perpètua y La Llagosta, en un equipo de fútbol con compañeros de trabajo, y en clase de catalán hice mis primeras amistades.
-¿Le ha costado encontrar trabajo?
-Sí. En Perú estudié Comunicación y trabajé en varios medios, pero aquí he tenido que adaptarme. Estuve en una cadena de montaje en la fábrica de Sony, fui mozo de almacén y ayudante en una gestoría. Hoy, por fin, puedo decir que me encanta mi trabajo. Hice un curso de cuidador de personas discapacitadas físicas y psíquicas y trabajo en un centro donde se estimula su autonomía.
-¿Qué es lo que hace que le encante su trabajo?
-¿Alguna vez le han dado las gracias solo con la mirada? Es impresionante lo que se puede transmitir sin hablar. En el centro, yo soy las piernas, los brazos, la voz de alguien. Y a mí cada uno de ellos, a quienes tratamos de igual a igual, me aporta algo.
-¿Había vivido antes fuera de Perú?
-No. Había viajado muchísimo por Perú y Sudamérica, yo solo, siempre viajaba solo. Y una vez intenté adaptarme a Estados Unidos. Mi madre siempre quiso vivir allí, y cuando mis hermanos y yo, que somos seis, fuimos mayores, ella se fue a Miami, donde todavía vive hoy. Pero a mí no me gustó. Allí se trabaja para pagar, aquí se trabaja para vivir, en Catalunya hay más espacio para crecer como persona. Yo disfruto mucho más viviendo aquí.
-¿Qué sabía de Catalunya antes de conocer a Isabel?
-Allí en Perú, de Catalunya lo único que conocía era el Barça. Y por eso el primer sábado que estuve aquí ella me llevó al Camp Nou. Recuerdo que bajé al césped y me quedé allí media hora, o más. No quería irme. Lo había visto tantísimas veces por televisión, que cuando estuve dentro solo quería saborear el privilegio que sentía de poder estar ahí.
-Y respecto al cambio de vida, ¿también se siente un privilegiado?
-Bastante, porque en la época en que yo me fui, al menos, en Perú no había casi oportunidades para trabajar. Siempre mirabas fuera. Y eso nuestros hijos, seguramente, no tendrán que hacerlo. Pero yo, solo por lo económico, nunca hubiera venido.
-¿Es el amor el timón de su vida?
-Es el corazón. Cuando el corazón es el que elige, no te equivocas. A mí fue él quien me dijo que tenía que intentarlo. Nunca sabes lo que puede pasar, pero ahora, después de estos años, sé que no me equivoqué. Y que si volviera a verla por primera vez volvería a enamorarme de ella.
-(...) ¿Recuerda qué fue lo primero que le dijo cuando la conoció?
-Sí. Le dije: «Benvinguda al Perú».