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Los cambios en la ciudad

Cuando la calle era mía

Solo los necios tachan a la nostalgia de recurso para viejos y les parece un vicio cuando es una gran virtud

Martes, 7 de febrero del 2012 Imprimir Enviar esta noticia Aumentar/ Reducir texto
FABRICIO CAIVANO

La nostalgia aplicada al urbanismo es un buen recurso sociológico. La ciudad se amasa también con el cemento de los recuerdos. Soy un barcelonés que en breve pasará bajo el arco temporal de su séptimo decenio. Todos estos años, salvo unos pocos, los he vivido siempre en el mismo piso, en una calle canora junto al parque del poeta Eduardo Marquina o del Turó. Una vía quebrada y breve, junto a la de Pau Casals (antes General Goded), al lado de la plaza de Francesc Macià (antes de Calvo-Sotelo), un círculo ajardinado que aísla la Diagonal (antes avenida del Generalísimo Franco-Franco-Franco). Una Barcelona hoy luminosa y céntrica, pero que fuera antes remota frontera sudoeste de la ciudad. Desde mi ventana he visto cambiar mi calle y el mundo, sus hábitos y sus gentes: la globalización se ha hecho carne y habita bajo ella.

FRANCINA CORTÉS

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Información publicada en la página 8 de la sección de Opinión de la edición impresa del día 07 de febrero de 2012 VER ARCHIVO (.PDF)

Vean, así era mi calle. En poco más de 100 metros, una pollería, una pastelería, un colmado de ultramarinos, un taller de metales, un carpintero, dos solares y, junto al parque, un bar soleado y familiar. Al otro lado de la calle, una humeante vaquería regalaba al vecindario su perfume de estiércol y amoníaco. Era un universo de misterios y de epifanías para los niños del barrio, una escuela de ciudadanía. A la pollería íbamos en silencio y modositos a ver a los pichones de quebrado cuello cárdeno, a los pollos colgados como ahorcados de unos ganchos de acero; el dueño, don Armando, guardia urbano de segundo oficio, con una incisión de cuchillo en una pata trasera desollaba a los conejos y, como si quitara un peludo guante irisado, los desangraba cabeza abajo; a veces nos dejaba recoger la sangre que, gota a gota, nang-nang, llenaba un barreño de esmalte blanco ribeteado de azul. Para las prácticas en el colegio Virtèlia nos daba quijadas, ojos y otras vísceras viscosas; más de una vocación de cirujano nació en esa amistosa pollería.

La pastelería levantaba ruidosamente la persiana metálica al amanecer, antes de que sonara la trompeta del basurero, comandante en su carro tirado por un percherón enmoscado y cabizbajo. Al rato subía por el patio un irresistible olor de los cruasanes más buenos del mundo; los festivos acudía mucha gente, algunos en raros automóviles, a comprar pasteles y tortells que la rolliza propietaria envolvía con una hábil lazada de ancho hilo marrón; allí oí por primera vez la expresión catalana ¿Qui es l'última?

El taller metálico era un seductor antro de ruido y chispas en el que si el encargado estaba de humor, nos cortaba a medida un delgado tubo dorado, de cortina lo llamaba él, con el que fabricábamos cerbatanas de alta precisión y no poco peligro a decir de pájaros y despistados. El carpintero, cosas del destino, se llamaba señor Fuster y nos regalaba los recortes de maderas que usábamos para construir patinetes customizados con chinchetas y pinturas, con los que bajábamos fieramente soberanos por Calvet hasta la Diagonal (antes Generalisimo etcétera) a toda velocidad. El colmado del señor Mercader, otro patronímico exacto, era un local oloroso, rebosante de sacos de cereales, arroz y patatas, de toneles de aceite y barricas de vino.

Del bar de la esquina era el dueño Lino, un gallego jovial que llevaba en alto una enorme bandeja plateada cargada de aperitivos que los clientes cogían al vuelo. Los domingos, dos novedades: la serpiente de bicicletas de alquiler camino del parque, y la aparición de un viejo con un carro verdoso lleno de jaulas que soltaba a sus palomas haciéndolas evolucionar a su antojo al son de sus modulados silbidos; luego pasaba la gorra, contaba las propinas y se iba con las palomas al bar Sandor de la plaza antes de Calvo-Sotelo. Los solares tapiados eran territorios fuera de la mirada adulta, espacios propicios a la transgresión y el pecadillo. Pero se acabó: los coches se adueñaron de la calle, la tele nos encerró en casa y las hormonas acabaron con los restos de nuestra infancia. Donde hay pelo no hay alegría…

Aquel mundo local se ha globalizado hoy. En aquellos mismos locales ahora hay un bar de tapas, una zapatería, un párking de a 10 pesetas el minuto, una relojería, varias tiendas lujosas de ropa y una de bragas y sostenes. En las esquinas hay dos cajas de ahorro, muy nostrades y muy ricas. En una me propusieron invertir mis magros ahorros en una llamada línea verde, que resultó ser una operación especulativa a futuro con el precio mundial de los cereales. La otra entidad ha tenido a bien bloquearme cuatro cuartos de unas acciones preferentes: no solo no me las paga, sino que me las aplaza hasta nueva orden (suya). La clase media no irá al paraíso.

Tenemos por último dos pobres con mando en plaza: uno que duerme en un cajero con un carro repleto de diarios y de carteles; el otro, un exlegionario buena gente, acarrea mochilas y tiene un perro listísimo que responde al respetable nombre de Moreno. Revisados esos cambios a la luz de la memoria del niño de barrio que fui, me parecen mutaciones sociológicas y culturales irreversibles y cósmicas. ¿Será nostalgia? Lo es. Pero solo los necios tachan a la nostalgia de recurso para viejos y les parece un vicio cuando, con mesura, es una gran virtud. Allá ellos. Periodista.

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