Josep Maria Espinàs
Periodista y escritor
Estos días he visto en los periódicos repetidos anuncios de cruceros. Será el comienzo de la gran temporada, cuando el buen tiempo es previsible, y sobre todo el momento de reservar camarotes para el verano. Puede haber empujones, porque de un tiempo a esta parte los cruceros parece que tienen mucho éxito. Aunque yo no sea crucerista, lo entiendo perfectamente. Incorporarse a un crucero debe proporcionar la sensación de alejarse de los problemas terrícolas, de entrar en un espacio casi inventado, donde las rutinas habituales quedan abolidas. Debe hacer cuatro docenas de años -ya me ha llegado el tiempo de contar los años pasados por docenas- que mi mujer y yo hicimos el primer viaje a Italia. Un transatlántico -entonces esta palabra era popular- debía llevarnos de Barcelona a Nápoles. Cargamos en el barco el pequeño 600 para, una vez desembarcados, poder circular por el país. No creo que el Donizetti, pese a su volumen, tuviera el lujo y todos los extraordinarios servicios y refinamientos de los barcos actuales. Lo que sí había era un empleado del puerto que pretendía sacarme gasolina del depósito del coche. Lo vi desde la barandilla, y mi grito frustró la operación. Si subir al Donizetti de 1963 ya causaba impresión, me imagino lo que debe ser embarcar en uno de estos cruceros de ahora. Diez o doce pisos de altura, cientos de metros de proa a popa, un grupo de restaurantes y, por supuesto, de cafés; una calle de tiendas en la barriga del monstruo, salas de espectáculos y conferencias, un teatro, casino, discoteca... Pienso en mis viajes a pie, cuando el aliciente era ver pasar un vuelo de estorninos sobre un campo de trigo. Y pienso, también, que si intentara hacer un viaje a pie por uno de estos fantásticos cruceros debería tomar notas a cada paso y cuando llegáramos a puerto aún no habría pasado de la biblioteca o el gimnasio. Yo no sé si estos cruceros sirven para descansar. Por los indicios que tengo, pienso que sí. Porque la rutina diaria puede fatigar. El tan conocido lugar de trabajo o el sofá de casa; las calles de un itinerario que ya nos sabemos de memoria; el mercado al que siempre vamos y donde pedimos el pescado de siempre e intercambiamos con la pescadera las mismas palabras de cada martes; esperar a que el autobús pase en punto a las cuatro menos cuarto. Vivir, en cambio, unos cuantos días en constante exploración de un nuevo mundo exótico -exótico significa extranjero- es posible que sea recomendable. Un cambio radical siempre es estimulante. Hacer un crucero o buscar el silencio de un monasterio.
Información publicada en la página 12 de la sección de Opinión de la edición impresa del día 08 de mayo de 2012 VER ARCHIVO (.PDF)