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La rueda

La crisis griega y las farinetas de Marsé

Viernes, 3 de febrero del 2012 Imprimir Enviar esta noticia Aumentar/ Reducir texto
Olga Merino Periodista y escritora

Hace un frío pelón. Y quizá por ello, por el aguanieve, las noticias que llegan desde Grecia dejan la piel a la intemperie, aún más sobrecogida. Las medidas de ajuste neoliberal están haciendo tanta mella que el Gobierno de unidad que preside Papadimos deberá repartir vales de comida en los colegios: crecen los casos de malnutrición escolar en las zonas más golpeadas por la crisis. Pobres griegos, con la soga de la bancarrota al cuello. No es de extrañar que en las librerías de Atenas se venda un libro titulado Recetas de la hambruna. La autora, la historiadora Eleni Nikolaidu, ha rescatado de la hemeroteca los consejos para la supervivencia que publicó la prensa durante la ocupación nazi. Entre ellos, masticar muy despacito y recoger las migajas del mantel en un tarro.

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Información publicada en la página 9 de la sección de Opinión de la edición impresa del día 03 de febrero de 2012 VER ARCHIVO (.PDF)

En la vieja Europa, la memoria del hambre aún escuece; los mayores son incapaces de olvidarla. Los ingleses más veteranos se hartaron de zanahorias -día sí y día también-, cuyo cultivo alentaba el Gobierno. En los parterres, en los jardines traseros de las casas, donde fuera. Dig for Victory! (Cava para la victoria), decían los carteles y las cuñas publicitarias que emitía la BBC.

Aquí tal vez nadie como el maestro Juan Marsé ha retratado con tanta belleza y sabiduría la cotidianidad en las cocinas de la posguerra. «Garbanzos, lentejas, boniatos, farinetas. Puedo nombrar estas cosas y olerlas en la memoria con la misma gratitud y respeto con que lo haría mamá, acariciarlas con las manos y la voz de mamá». En la novela que incluye este fragmento, en la espléndida Rabos de lagartija, el autor repara en la extraña vocación de camuflaje que tiene la miseria; a pesar de la limpieza, a pesar de la dignidad, en la pobreza las cosas tienden a colocarse donde no deben. Los boniatos, en un barreño de zinc. Los ajos, en un bote de cacao. Los terrones de azúcar, en la salsera desportillada.

Sí, es cierto; hay días, hay ciertas épocas, en que nada parece estar en su sitio.

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