El Periódico

Entradas para el concierto de Andrea Motis y Juan Chamorro con la Orquestra Nacional Clàssica d'Andorra

Martes, 14 de mayo del 2013

Hubo un tiempo en el que la gente tenía un pantalón de cada día (de pana, muchas veces) y otro de vestir (para los domingos o para momentos excepcionales, de gozo o de tristeza). Las mujeres, una bata de estar por casa o para ir al mercado, y un par de trajes de colores discretos para ir a misa. Y, los dos, un conjunto oscuro o directamente de color negro porque siempre hacía falta tener uno en el armario. La gente (no necesariamente acomodada sino trabajadora, menestral) solía visitar la sastrería de vez en cuando. Para hacerse con un jersey producido por alguna hilatura del país (aquellos jerséis de cuello acabado en punta), para encargar una camiseta imperio o para que el sastre les tomara las medidas con la voluntad de tener, al menos, un traje hecho y derecho. Las mujeres, más humildes, más ahorradoras, o se lo hacían ellas en casa o visitaban a una costurera de confianza que cobraba un sobresueldo con la confección de ese modelo discreto -vagamente inspirado en la moda- o con el viso que arreglaban o con la falda que aún se podía aprovechar un par de años más.

Ahora, las sastrerías creo que solo existen para fortunas que puedan presumir de exclusividad, y las costureras trabajan -las que aun saben- para los grandes almacenes. O para acortar la ropa de fábricas de Bangladés donde se desangran por cuatro céntimos todos los que ahora visten a los actuales, inconscientes, petronios de baratillo. Todos nosotros.

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