En el año 1932, el president de la Generalitat republicana, Francesc Macià -cariñosamente bautizado por sus administrados como l'Avi-, mandó retirar de la fachada del Parlament de Catalunya el escudo de armas de Felipe V -monarca cuyo nombre dio origen a la expresión catalana anar a Can Felip como eufemismo de ir a cagar-, y en su lugar se instaló un escudo con las cuatro barras catalanas. La cosa duró poco, porque siete años más tarde y al grito de «¡Viva Franco!» los operarios devolvieron las cosas a su sitio.
Información publicada en la página 10 de la sección de Opinión de la edición impresa del día 08 de septiembre de 2012 VER ARCHIVO (.PDF)
Y así hemos sobrevivido durante más de siete décadas, hasta que el pasado mes de mayo el Parlament, con la habitual excepción del Partido Popular, votó a favor de la restitución del escudo institucional para así conmemorar los 80 años de la constitución de la Cámara catalana y, de paso, añadir unos cuantos grados centígrados de simbolismo al calentón soberanista. Y, como en la anterior ocasión, el escudo de armas borbónico vigente como enseña nacional española hasta 1759 no ha sido destruido, sino cuidadosamente tapado por una recreación geométrica de las huellas ensangrentadas de Guifré el Pilós. ¿Nos encontramos ante un palimpsesto de alfabetos contrarios? ¿Tan poca fe tiene el Parlament en sí mismo que, a la espera de tiempos peores, encarga piezas de quita y pon? ¿Teme que Felipe VI vuelva a las andadas de su predecesor Felipe V y ya se va predisponiendo a ello?
En el Madrid de los Felipes también andan revueltos con sus símbolos ornamentales, ya que una revista de historia ha descubierto recientemente (qui no té feina, el gat pentina) que uno de los leones de las Metro-Goldwin-Cortes, no sé si Daoiz o Velarde -apodados así en memoria de los homónimos oficiales de artillería que lucharon en 1808 contra los franceses-, carece de testículos. Tal vez haya que buscar la explicación a esa falta de ortografía sexual en que el bronce fundido de los cañones capturados en la guerra de África de 1886 no fuese suficiente para esculpir la total anatomía de los felinos y uno de ellos se quedase sin atributos para poder ponerlos encima de la Mesa cuando lo de Pavía y Tejero.
¿Es producto de la casualidad que en la misma semana se hayan producido incidentes en los símbolos que adornan las fachadas de los dos edificios que albergan los parlamentos de España y Catalunya o todo forma parte de un hábil guion pactado entre ambos para añadir emoción al catch
a dos en vísperas de nuestra Diada? Parece ser que el escudo cuatribarrado ha supuesto al erario catalán un desembolso de 12.000 euros (a 3.000 por barra), mientras que los broncíneos genitales leoninos han costado un huevo y parte del otro: 1.500 por unidad que, al parecer, serán sufragados por bolsillos privados.
Madrid ya dispone de un nuevo argumento para oponerse a nuestras reiteradas exigencias de pacto fiscal: «¿Para qué tenemos que dar más dinero a esos independentistas si se lo malgastan en cuatro barras libres que a los cuatro días tenemos que quitar, cuando nuestros cojones, los de Daoiz y Velarde, nos los pagamos a escote?»