Josep Maria Espinàs
Periodista y escritor
Durante muchos años hemos creído que China era un país pobre. Tan pobre como inmenso. La cantidad de chinos que emigraban constituía a mi entender una prueba de que la vida en su país debía de ser muy difícil.
Información publicada en la página 10 de la sección de Opinión de la edición impresa del día 11 de febrero de 2012 VER ARCHIVO (.PDF)
Después supimos que China era una potencia en algunos aspectos. Una potencia que se incorporaba al mundo de los poderes industriales. Cada vez había más productos made in China por el mundo. En cualquier rincón de Europa, muchos de los objetos que se vendían, aquel jersey o aquel juguete, estaban hechos allí. Algunos fabricantes del mundo occidental descubrieron que encargar la producción a ese país les resultaba más barato.
No hace mucho se descubrió que algunos restaurantes chinos abiertos en países europeos estaban dominados por mafias. Era solo un indicio de que el papel de China en el mundo estaba cambiando.
Naturalmente, yo poseo sobre China una información muy escasa; solo tengo la experiencia de haber visto cómo los chinos trabajaban en Malasia. En Penang, si no recuerdo mal el nombre, pasear de noche era recibir una lección racial. Había malayos que permanecían en la calle -hacía calor- sentados en el suelo o en la acera, si la había. Pasivos, tranquilos. No me pareció que manifestaran ningún interés por el extranjero blanco que pasaba. Las calles eran bastante oscuras, pero de vez en cuando yo encontraba un punto de luz. En algunas casas, a pie de calle, se veía una mesa de comedor, alrededor de la cual los padres y los hijos pequeños de una familia confeccionaban prendas. Trabajaban sin parar. ¿Para quién? No lo sé. El contraste con los malayos era notable. Los malayos no les miraban con simpatía. En un restaurante me explicaron que los chinos que trabajaban en la industria se reunían en la calle, a primera hora de la mañana, y antes de entrar a trabajar formaban, al estilo militar, y hacían gimnasia.
No sé qué debe pasar ahora en Penang, donde un 30% de los habitantes son chinos. Pero habiéndose extendido por todo el mundo, y habiéndose convertido China en una potencia, han aparecido las mafias que quieren dominar los negocios y se han producido secuestros y asesinatos. Los chinos de Penang -muchos habían nacido allí-, aunque no fueran bien vistos, formaban parte de la población. Ahora hay chinos que trabajan en otros países, y los mafiosos a menudo los explotan o los asesinan si no les dan suficiente dinero.