Xavier Bru de Sala
Escritor
Terminados los Juegos de Londres, es momento de expresar reticencias, además de sumarse, claro, al beneplácito general y de reiterar las más expresivas felicitaciones a todos los medallistas, y de manera especial, todavía más claro, a los nuestros.
Información publicada en la página 7 de la sección de Opinión de la edición impresa del día 17 de agosto de 2012 VER ARCHIVO (.PDF)
Empecemos por aquí. Salvo un escasísimo número de privilegiados por los medios que adquieren fama mundial entre cientos que no lo merecen ni menos ni más, lo que interesa de verdad a cada país son sus medallas, más que los homenajes y el reconocimiento a sus atletas. Por encima de todo, la suma nacional (y en el caso catalán, el supuesto añadido del papelito o papelón que haríamos en caso de concurrir de manera diferenciada de España). Después, el olvido. A diferencia de los Juegos de Olimpia, la fama de los vencedores es efímera. Como en la Grecia clásica, proporcionan prestigio a la tierra que representan. A diferencia de los Juegos antiguos, el carácter sacro ha sido sustituido por un ritual, tan demodé como ancestral y militaroide, con los desfiles, las banderas y esa parafernalia.
¿Qué significaban los Juegos antiguos y qué representan los de hoy? La gran diferencia es la ausencia de dioses en nuestro mundo. No es fácil comprender la presencia de las divinidades en la vida cotidiana de griegos, romanos o egipcios. Más que presentes, eran omnipresentes. En Esparta, incluso tenían un templo dedicado a la risa. Quién no ha oído hablar de los oráculos, empezando por el de Delfos...
Pues bien, los dioses del Olimpo, que de ahí viene el nombre, de la residencia de los dioses, se manifestaban de manera solemne y rotunda en los Juegos Olímpicos. Los vencedores se esforzaban al máximo, como hoy y como siempre, claro está, pero la victoria equivalía en gran medida a un oráculo: quien la obtenía era su elegido, de modo que se revestía con la aureola de la invencibilidad. Y con él, la ciudad a la que representaba. Más atletas ganadores -es decir, más elegidos por los dioses-, más prestigio, más consideración e incluso más temor a su ciudad.
Los Juegos de hoy también son una fuente y una manifestación palpable, evidente y simbólica del poder de las naciones. La clasificación por países es incuestionable. Tantas medallas de oro, tanto respeto y temor infundes. El total de medallas te sitúa de manera incuestionable, más arriba o más abajo, en el ranking de los estados (con alguna excepción, de países pequeños que van muy bien y pasan de exhibirse en los Juegos, y la de algún país medio que no recupera prestigio ni a base de medallas, y no señalo a nadie). Es como mínimo decepcionante que todavía estemos así, pero el mundo es cada vez más tal como es y menos como quisiéramos.
No conozco a nadie que esté contra los Juegos. A fin de cuentas son eso, Juegos. Y menos en Catalunya, ya que Barcelona debe mucho a los del 92 y, me parece justo y obligado decirlo, a Juan Antonio Samaranch, sin el que no los habríamos obtenido de ningún modo. Ahora bien, ¿qué debe Londres a los Juegos? ¿Qué le han reportado? Concentración de miradas. Un plus de medallas (¡ay, los árbitros!). Y poco más. Londres ya estaba en el mapa con letras gigantes. Barcelona se situó en el 92. Poco o nada que ver, pues, entre lo que aportan los Juegos habituales y el increíble salto de escala mundial de Barcelona. Como Seúl, como casi en todos los casos, Londres ya ha vuelto a ser el Londres de antes. Ni más ni menos.
Dicho eso, proseguimos con claroscuros de los deportes olímpicos. De entrada, repugnan a muchas conciencias los de la lucha cuerpo a cuerpo entre dos seres humanos. Por tradición que tengan o elegancia que muchos le puedan encontrar. En el fondo son como el boxeo. En segundo lugar, hacen un cierto ridículo los deportes de mayor éxito popular, como el fútbol o el tenis. Si se han de jugar, se juegan, pero es más bien para cubrir el expediente, y jamás una medalla de oro equivaldrá a un Wimbledon o un campeonato de fútbol de Europa o del mundo. En tercer lugar, nunca he encontrado la chispa al diferencial entre la obligación de matarse entrenando y el resultado de arañar una décima de segundo en una carrera. Quizá impresione a según quién. Quizá muchos simulan por no decir que la décima de segundo (y la medalla subsiguiente) van desnudas. Ya sé que los Juegos son eso, pero saltar medio milímetro más o hacerse más y más robusto para lanzar el martillón un centímetro más allá, qué quieren que les diga... además del solemne aburrimiento de quien lo contempla.
Prefiero los deportes que podríamos calificar de humildes. El piragüismo o los pequeños veleros, pongamos por caso. Y manifiesto mucha simpatía por los deportes que siempre ganan atletas de países como Jamaica o Marruecos, que no tienen aspecto de dejar literalmente la vida en manos de entrenadores profesionales despiadados. Esto es otra cosa. No sé si son los dioses del Olimpo que reavivan para hacer justicia o los genes de Darwin, pero da gusto. ¡Eso sí que da gusto! Escritor.