Acre, pequeña población de la costa de Israel, sorprende porque es una especie de ciudad con dos plantas, como si en ella pudieran contemplarse en directo los distintos estratos de la historia. En la parte inferior, sepultada durante años tras la conquista de los mamelucos, en 1291, y restaurada en época reciente, puede verse la ciudad fortificada que construyeron los cruzados cuando, en 1191, se vieron obligados a abandonar Jerusalén.
Información publicada en la página 311 de la sección de Opinión Verano de la edición impresa del día 17 de agosto de 2012 VER ARCHIVO (.PDF)
Durante tres o cuatrocientos años, tras el asedio de los mamelucos, Acre quedó abandonada, arrasada, convertida en un informe montón de ruinas, hasta que un sultán otomano optó por reconstruirla. Su plan urbanístico fue drástico, pero a la larga ha ido a favor de la historia. El sultán ordenó cubrir de tierra las ruinas de la ciudad y construir encima de los cascotes. Gracias a esto se conservó la ciudad de los cruzados, recuperada hace unos 15 años gracias a una gran obra de ingeniería, que sostiene la parte superior mediante un ingenioso entramado de bigas.
Reconstrucción precisa
Gracias a esta intervención, la ciudad de los cruzados puede visitarse hoy como una impresionante ciudad subterránea que contiene inquietantes salones medievales, un hospital, un refectorio, un patio de armas, criptas e incluso calles. Por uno de sus pasos subterráneos, de unos 150 metros de largo, se puede caminar incluso como lo hicieron los Templarios en el pasado, para desembocar en el puerto.
El objetivo de las Cruzadas era, como es sabido, conquistar Tierra Santa -básicamente a los musulmanes- para que los peregrinos cristianos pudieran llegar sin problemas a los Santos Lugares. Durante cerca de 200 años, entre 1095 y 1291, su escenario fueron las tierras que rodeaban a la Ciudad Santa, pero los contratiempos empezaron en 1187, cuando el ejército de Saladino tomó Jerusalén. Las órdenes militares se retiraron entonces a Acre, ciudad de la costa que rebautizaron como San Juan de Acre, rodearon de murallas y convirtieron en fuerte bastión.
En 1291, sin embargo, los sarracenos pusieron sitio a Acre y, a pesar de una heroica resistencia, acabaron entrando en la ciudad. Jean de Villiers, maestro de la Orden de San Juan de Jerusalén, lo contó con estas palabras: «Ellos [los musulmanes] entraron en la ciudad por todos los frentes temprano en la mañana y en fuerza de hombres muy numerosa. Nosotros y nuestra Orden les dimos guerra en la puerta de San Antonio, donde había tantos sarracenos que no podía uno contarlos. Aun así, los rechazamos tres veces tan lejos como hasta el lugar llamado Maldito. Y en esa acción y otras pelearon los hermanos de nuestra Orden en defensa de la ciudad y de sus vidas y de su país. Poco a poco perdimos todo el castillo de nuestra Orden, que es muy merecido de orar en él y que está muy cerca de la Santa Iglesia, y luego llegó el fin...».
Pasadizos hasta el mar
Las órdenes del Temple y de los Hospitalarios construyeron en Acre un laberinto de pasadizos que comunicaban la ciudad con el Castillo del Mar, del que hoy solo quedan unos muros castigados por el oleaje. Cerca, en el barrio árabe, las ventanas se cierran apresuradamente al paso de los visitantes. Todavía se palpa la tensión en Acre, muchos años después de que los cruzados fueran obligados a retirarse hacia la isla de Chipre, dejando atrás su venerada Tierra Santa.