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LOS SÁBADOS, CIENCIA

Ciencia que se arriesga

Las fundaciones privadas suelen ser más valientes que las públicas en la investigación científica

Sábado, 26 de mayo del 2012 Imprimir Enviar esta noticia Aumentar/ Reducir texto
PERE PUIGDOMÈNECH

Cuando hay que decidir si vale la pena emprender una investigación científica nos encontramos en una situación a menudo contradictoria. Por un lado, todo el mundo parece querer conseguir resultados que abran nuevas vías al pensamiento y a tecnologías innovadoras. Pero por otro, sobre todo cuando se gasta dinero público, se quiere tener una cierta seguridad de obtener resultados de lo que se financia. Esta contradicción la sufren cada día los investigadores cuando solicitan dinero por su trabajo y los gestores que los administran. Un debate reciente en Barcelona dentro de la serie B-Debat ha abordado cómo se puede resolver esta cuestión.

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Información publicada en la página 8 de la sección de Opinión de la edición impresa del día 26 de mayo de 2012 VER ARCHIVO (.PDF)

Cuando hablamos de investigación de riesgo no queremos decir investigación que pueda dar lugar a peligros para el experimentador, la sociedad o el medioambiente. Esto está bien legislado en la mayoría de los países y significa a menudo que evitar estos riesgos cuesta dinero, pero los científicos ya están acostumbrados a que por razones de seguridad solo grandes laboratorios y grandes empresas puedan emprender cierto tipo de investigación que implica medidas especiales de control. Estamos hablando de la investigación que se plantea cuestiones que rompen con lo que se sabe en un momento dado y por lo tanto hay una probabilidad, que puede ser alta, de que fracase. Aunque hay que pensar también que si acierta, el beneficio puede ser muy alto porque la innovación será muy significativa. Un dilema que quienes financian investigación deben tratar de aclarar.

En la mayoría de los países la investigación se financia con fondos competitivos. Los investigadores se dirigen a agencias públicas o privadas que hacen convocatorias y ponen en marcha mecanismos para evaluar las propuestas. En la mayor parte de los casos solo una pequeña proporción de las demandas se financian, y para elegirlas se tienen en cuenta criterios de calidad tanto del grupo que presenta la propuesta como del proyecto. Este trabajo corresponde a evaluadores que son científicos, porque solo otros profesionales tienen información suficiente para saber si lo que se pide se puede hacer y si tiene sentido en el contexto de lo que se sabe en ese momento. Uno de los criterios es qué probabilidad hay de que el proyecto produzca resultados, lo que necesariamente tiende a pronunciamientos conservadores. Por un lado hay que producir resultados nuevos, pero por otro hay que tener garantías de que vale la pena hacer el trabajo. Esto hace que ideas realmente creativas lo tengan difícil y nos podamos preguntar qué se puede hacer para estimularlas.

Algunos lo tienen más fácil que otros para responder a la pregunta. Los países anglosajones, por ejemplo, tienen una gran tradición de fundaciones privadas. Y responden de lo que hacen ante sus patronatos, que a menudo tienen criterios empresariales en lugar de la actitud de los fondos públicos, que pueden tener más dificultades en asumir decisiones arriesgadas. Esto puede obedecer al respeto que hay que tener en la gestión de los fondos públicos, pero también al amedrentamiento típico de las estructuras burocráticas. El hecho es que en EEUU hay fundaciones como la Howard Hughes, y en el Reino Unido como la Wellcome Trust, que tienen un gran impacto en la investigación. Confianza en el investigador, flexibilidad en el uso de los recursos y apoyo a largo plazo son características de estos fondos. No es de extrañar, por ejemplo, que la Howard Hughes se precie de que entre los autores de sus proyectos figuren 13 premios Nobel.

También hay experiencias públicas de financiar investigación de riesgo. De hecho, en el debate reciente se presentaron trabajos de las principales agencias americanas de financiación de la investigación destinadas a apoyar científicos jóvenes e ideas nuevas. En Europa, el European Research Council es una iniciativa reciente para apoyar de forma generosa investigadores individuales. En España existe una iniciativa, el programa Explora, que desde hace unos años ha dado ayudas para empezar líneas de investigación que propongan ideas atrevidas que los programas normales no financiarían.

Este debate ha demostrado diferentes cosas. Una de ellas es la fuerza que el mecenazgo privado tiene en algunos países. El mundo anglosajón nos da un buen ejemplo, pero hay casos cercanos interesantes como la Fundación Juan March, la Ramón Areces o La Marató de TV-3 y otras más pequeñas. Y es el objetivo de la Fundació Pasqual Maragall, destinada a la investigación sobre la enfermedad de alzhéimer, organizadora del debate. Otra conclusión es que hay que tener ideas claras de lo que se quiere con la inversión en investigación. Si se quieren ideas renovadoras hay que apostar por proyectos que vayan más allá de las vías transitadas. Y hay que apostar por investigadores jóvenes, no asfixiarlos con burocracia y dotarlos durante bastante tiempo con fondos suficientes. Desgraciadamente, estos son los problemas que tiene ahora nuestro sistema. Director del Centro de Investigación

Agrigenómica (CSIC-IRTA-UAB).

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