Hay dos películas de Ben Gazzara que, a raíz de la muerte del actor, ahora recuerdo. Todos rieron es una comedia coral en la que Gazzara se enamora de una Audrey Hepburn que conserva el perfume de su glamur evanescente. Es enternecedor ver cómo ellos dos, que habían tenido un idilio poco antes del rodaje, mantienen una mirada madura que aún proclama el hilo invisible de la atracción.
Información publicada en la página 6 de la sección de Opinión de la edición impresa del día 07 de febrero de 2012 VER ARCHIVO (.PDF)
Saint Jack es más oscura. Cuenta la historia de Jack Flowers, un proxeneta americano en Singapur que se hace amigo del contable que le supervisa cada año el negocio, y que, pese a todo (el ambiente sórdido, los negocios sucios, la guerra cercana), mantiene una cierta integridad, la de un hombre que está a punto de perderlo todo mientras intenta no perderse, él mismo, en un callejón tétrico. Hay una escena que hace años que no puedo quitarme de la cabeza. William Leigh, el amigo, un imponente Denholm Elliott, muere de un ataque al corazón, y Gazzara, sin esperanzas y con un habano en la boca, sin más asidero en ese mundo despiadado que la amistad que acaba de perder, va a la oficina de correos y deja un paquete con las cenizas del difunto. Lo deposita con delicadeza y observa, después, cómo el funcionario lanza el objeto al montón, sin miramientos. Aquella caja no contiene solo los restos del amigo, ahora disueltos en la indiferencia, sino la propia desolación de Gazzara. Sale de la oficina y todavía fuma el habano.