Si en seis meses, la mortalidad en las carreteras catalanas ha aumentado un 7,2% es que los usuarios y la Administración tienen un problema que deben resolver. Si, además, 10 vías secundarias, sin desdoblar, concentran la mayoría de los 104 fallecimientos significa que ya se conocen la mayoría de los puntos negros. Las cifras ofrecidas ayer por el conseller Felip Puig acaban en Catalunya con la tendencia a la baja de víctimas durante varias décadas. Impedir que la tendencia se revierta constituye una responsabilidad compartida. Las administraciones deben, en primer lugar, ocuparse del mantenimiento del asfalto y la señalización, por cuanto su deterioro podría estar también en el origen de los accidentes. Pero igualmente deben poner los medios para erradicar los comportamientos de riesgo. Son en esas carreteras secundarias, privadas de vigilancia, donde se conduce sin obediencia a ninguna norma. Las conductas temerarias multiplican los riegos al tener lugar en vías sin desdoblar. La idea de que se puede conducir de cualquier manera debe desaparecer y el endurecimiento de las multas es una vía para lograrlo. La seguridad vial forma parte de la cultura de un país como lo es cumplir con la Hacienda pública. Mientras eso no se consiga, debe llegar el mensaje firme de la Administración de que las carreteras son espacios compartidos y que todo el mundo puede estar a expensas de un solo infractor.
Información publicada en la página 6 de la sección de Opinión de la edición impresa del día 26 de junio de 2012 VER ARCHIVO (.PDF)