El Periódico

Martes, 4 de marzo del 2014 - 12:48 CET

Suena el despertador. Bartomeu abre un ojo, da un vigoroso salto, esprinta por el pasillo, se lanza sobre sus rodillas aprovechando las virtudes deslizantes del pijama y desata su euforia en la cocina, donde grita gol y se abraza al calendario. No es para menos: un nuevo día ha llegado y sigue siendo presidente del Barça. El sucesor de Rosell ha llegado hasta las puertas de la primavera de la mano de un efectivo plan consistente en encerrar a Freixa en algún sótano, sonreír mucho, rezar por un ataque de cobardía de Pellegrini y saldar deudas con Cruyff. El bueno de 'Bartu' ya espera otro milagro de la primavera. Lo tendrán que hacer realidad gente como Messi, Iniesta o Valdés, que llevan tiempo de espaldas a su Junta, y deberá refrendarse en las urnas, donde los socios dirán si confían 600 millones de euros y el nombre de su estadio a los pactaron con los Boixos y ficharon a Neymar. La fecha de su adiós, pues, parece decidida.

Sin embargo, a muchos barcelonistas les ha sorprendido la extraordinaria placidez de estas primeras semanas del presidente sin votos. Tal vez la explicación a este fenómeno haya que encontrarla en que el barcelonismo ya no vibra como antaño. No ha habido pañoladas apocalíticas ni multitudinarias peticiones de elecciones, eso hablaría de una masa social viva, intensa. Los barcelonistas ven ahora los partidos pegados a Twitter, ojeando el 'Cuore' y con el volumen bajito --no vaya a despertarse el abuelo--, víctimas de la formidable obra de destrucción acometida por Rosell desde verano de 2012. Esa apatía general la acreditan tanto la caída de la asistencia al Qatar Airways Stadium como las miles de tertulias de bar que se suceden cada día y que bien podrían titularse La destrempada. No le pidan grandes revueltas a un tropel desencantado.

Por fortuna no falta el humor. Los acontecimientos de los últimos días están repletos de invitaciones a la carcajada. Ahí está Artur Mas saliendo al rescate del establishment de la Barcelona del Puente Aéreo y anunciando que votará sí a la reforma del estadio. Bonito gesto, que sin duda le devolverán. Igualmente hermosas son las truculencias que se cuentan sobre los últimos días de Rosell en la Junta: revelan que personajes con cara de bostezo eran en realidad crooners con un excepcional sentido del drama. Y qué decir del fichaje de ese par de querubines, los Halilovic, que tan poco se parecen a Pepe y Ramos y que llegan a un equipo que desde hace un trienio necesita desesperadamente entre tres y ocho centrales. Menuda conga tenemos montada en Aristides Maillol.

(Recójanse, no se sonrían, ahora viene el disgusto y su jefe podría estar viéndoles por encima del ordenador).

Mientras el carnaval se apodera definitivamente del club sería bueno recordar que los grandes equipos se gestan entre enero y febrero, en marzo a más tardar. Uno se pregunta quién acometerá esa tarea. ¿El tal Mestre? ¿Zubizarreta, que lleva tiempo apartado de las decisiones clave? ¿El Tata? ¿Se lo dejamos al bueno de Pautasso, o mejor a Roura, ahora que se va? ¿Puede Benedito traerse a alguien a pachas con Vilarrubí? ¿Puede sacar Cruyff el hacha para decidir las bajas? ¿Pinta algo Laporta? ¿Le damos la llave de la caja a Parera? ¿Sigue operativo el Komando Reyna?

El reloj, ya ven, no puede ser más desfavorable al Barça. El recorrido de la fallida junta actual se detendrá previsiblemente en abril y no parece importarle otra cosa hasta entonces, la grada vive atrapada en la melancolía y el día a día sólo lo salpimentan los asuntos grotescos que sacuden al club. El tiempo vuela. Y dentro de unas horas, Bartomeu y su pijama ensayarán una nueva celebración, cubriendo en plancha los últimos metros del pasillo para acabar haciendo el escarabajo bajo la mesa de la cocina.

Post publicado en el blog La Caverna Azulgrana

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