No me gusta la playa: la arena entre los dedos de los pies, los niños chillones, el pringue de las cremas de protección, los juegos de raqueta y pala... y la tortura de ir entrando pasito a pasito en el agua (que todos aseguran que hoy está muy buena o genial) sorteando algas, medusas y preservativos hasta que la olita te alcanza el taparrabos, momento que aprovechas para soltar un suspiro y una discreta meadita en el océano.
Información publicada en la página 6 de la sección de Opinión de la edición impresa del día 11 de agosto de 2012 VER ARCHIVO (.PDF)
Mi ideal de felicidad hídrica es una piscina que no cubra, rodeada de césped, con un negroni (Martini, Campari y ginebra a partes iguales) entre los dedos y una novela de John Le Carré esperándote en una sombra de verdad y no en el exiguo metro cuadrado que proporciona un parasol; no es lo mismo una simpática brizna de hierba entre el dedo gordo y el de al lado (¿por qué no tienen nombre los dedos de los pies? ) que la ardiente arena vitrocerámica que nos obliga a ir pegando saltitos de rana (¡huy!, ¡huy!, ¡huy!) hasta llegar a destino.
Las agencias de viajes nos tientan con imágenes de parejas sonrientes paseando de la mano por el paraíso de medio pelo de alguna playa caribeña en la que los azules de cielo y mar ensayan al atardecer horizontes violetas. ¿Pero es preciso montarse diez horas en un avión para pegar un buen polvo y dejar constancia gráfica del decorado para envidia de parientes y amigos? No: el mar es un lugar serio, una selva líquida de abordajes y naufragios para ser observada respetuosamente desde lejos y en invierno.
Pero anteayer Mohamed nos llevó en su destartalado Mercedes azul cielo a la playa de las Cuevas, y mientras familia y amigos se untaban, tostaban y remojaban ritualmente, un servidor, sentado en el tendido de sombra del chiringuito de Said con una prohibida cerveza en una mano y la última novela de Le Carré en la otra, fue -si se me permite la expresión- feliz, feliz de ver pasar a los tres Reyes Magos en dromedario camino del otoño, feliz de ver cómo su hijo trotaba feliz a lomos de un caballo tímido y enclenque, muy lejos de la escuela. Y luego llegaron los kebabs
y tajines, las sardinas plateadas, hogueras de patatas fritas y lunas de melón cortado. Y al atardecer volvimos a casa en un carro tirado por un asno tonto y resignado, sorteando guijarros, chabolas y policías.
Tal vez fue en la playa de las Cuevas, donde cada bañista dispone -sobre todo ahora, en Ramadán- de un kilómetro cuadrado para desplegar su toalla, donde el poeta italiano se iluminó de inmensidad, la Estatua de la Libertad reposó en la arena del planeta de los simios y, anteayer, yo descubrí que el mar, la mar, puede ser tan geométrica como una piscina de David Hockney llena de sueños atlánticos y sin olor a cloro.
Tal vez fue la playa de las Cuevas la culpable de que, al llegar a casa, encender el televisor y encontrarme con unos señores muy feos que hablaban por la boca de lo importante que es Europa para nosotros, vomitase el kebab, el tajine, las sardinas, las papas y el melón de Said sobre la pantalla, sobre sus corbatas rosas, sobre sus lugares comunes y altivas naderías. Tal vez la revolución consista en llevar a la realidad los buenos propósitos del verano.