Catalunya es un país extraordinario, de gente maravillosa, políticos excepcionales y empresarios prodigiosos. Pronto será un nuevo Estado por aclamación de la comunidad internacional y enseguida una de las potencias del Mediterráneo. Esto es así y nadie puede dudarlo, a menos que sea un malvado súbdito del Estado español, origen y explicación de los males que nos aquejan. Esta fabulosa expectativa es la madre de la euforia, y esta crece proporcionalmente al aumento del cabreo por no poder disfrutar todavía de tal felicidad. Esta misteriosa relación de la causa y su efecto debe ser cosa propia de los pueblos que celebran las derrotas; en todo caso, va a materializarse en la mayor demostración del catalanismo que hayan visto los siglos.
Información publicada en la página 14 de la sección de Opinión de la edición impresa del día 07 de septiembre de 2012 VER ARCHIVO (.PDF)
El éxito del acto viene asegurado por su génesis. La manifestación fue convocada por el soberanismo más optimista, promocionada por el nacionalismo más calculador y agigantada por el Gobierno central más soberbio e insensible de la democracia. Además, será una victoria ecuménica, reforzará a todas las opciones políticas, incluso la de los unionistas populares. Bueno, quizá con la salvedad de los socialistas, que no estarán ni presentes ni ausentes. Ya verán, será interpretada como una esperanza cierta e inminente de independencia, pero también como el más rotundo apoyo ciudadano al pacto fiscal con España y como una amenaza a la solidaridad entre españoles en tiempos de crisis. Que esto suceda no será por un error de cálculo ni por el criticable oportunismo de unos u otros, sino por la voluntad de todos de que la cosa sea exactamente así: indescifrable, manejable y admirablemente confusa. La dialéctica de la contradicción en estado puro. Una jornada inolvidable para la catalanidad.