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La cultura popular

Bromas ampostinas

En las Terres de l'Ebre aún se recuerdan y cuentan historias como la del Sagrado Corazón de los 'ullals'

Viernes, 24 de agosto del 2012 Imprimir Enviar esta noticia Aumentar/ Reducir texto
Xavier Bru de Sala Escritor

Pasó lo que explico, porque pasó, a mediados de los 60. Un matrimonio de Amposta, trabajadores, republicanos, de izquierdas, él militante del PSUC, entonces clandestino, celebraron la primera comunión de la hija, cosas de la época y porque más valía disimular que destacar con actitudes públicas mal vistas por el vigente nacionalcatolicismo. Esta familia gozaba de dos tías muy beatas, muy valencianas y, según sus parientes ampostinos, muy ricas, que naturalmente fueron invitadas, no sin la esperanza de un buen regalito, quién sabe si una medalla de oro con cadenita, un reloj o, si mucha fortuna había, una libreta de ahorros abierta a nombre de la niña con una respetable imposición inicial.

PERICO PASTOR

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Información publicada en la página 7 de la sección de Opinión de la edición impresa del día 24 de agosto de 2012 VER ARCHIVO (.PDF)

Muy al contrario, sin embargo, y no sé si con toda la buena fe que cabría suponer, las devotas se presentaron con un enorme bulto que su chófer ocasional depositó en el comedor de los asombrados padres de la niña. Con gran pompa y ceremonia se procedió a desembalar el misterio, que resultó ser una figura, que casi rozaba el techo, del Sagrado Corazón de Jesús. Un Corcovado de terracota, con una mano en el corazón y la otra como bendiciendo el mundo. Quedaron mudos del susto, sobre todo la niña.

Esa misma noche, pasado y disimulado el susto, y sin otra incidencia digna de ser reportada, los padres sondearon a la niña sobre lo que, en su orgullosa ignorancia de las sutilezas de la teología, con toda naturalidad y sin la más mínima intención vejatoria denominaban «el Cristo». Resultó que le daba más miedo que otra cosa, y así decidieron que el padre lo llevaría a un lugar donde estuviera mejor, y que más valía no hablar del Cristo con nadie, y menos en la escuela.

En Amposta y las Terres de l'Ebre aún se conserva, sin necesidad de arengas recomendadoras de héroes nacionales en el Parlament, la costumbre de ponerse al trabajo temprano, ben d'hora. Antes de que se levantasen los demás, y por lo tanto aún noche cerrada, el padre cargó el Cristo en la furgoneta y en cumplimiento de lo que había acordado, muy en secreto, con su esposa, condujo hacia los Ullals del Baltasar con la intención de sumergirlo para siempre. (Por si el lector aún desconoce el delta -algo imperdonable que hay que remediar cuanto an-

tes--, hay que decir que los ullals son minúsculas lagunas o estanques de profundidad insondable, por donde aflora el agua dulce, y helada, que se ha filtrado bajo tierra en las montañas de los Ports).

Llegado que fue a los ullals, sitio a muy pocos kilómetros de la ciudad y donde tradicionalmente muchos ampostinos tenían huertos y se construían una casita, el hombre pasó por delante del trozo de tierra de un amigo muy bromista, también del PSUC, que había levantado cuatro paredes y un sólido emparrado para darse sombra. No se sabe si el Sagrado Corazón tenía miedo del agua fría y lo iluminó bajo cuerda, pero el caso es que tuvo la idea de colgarlo por el cuello del emparrado.

Cuando el amigo llegó allí, esa misma noche, se detuvo en seco a unos cuantos metros, convencido de que había un ahorcado en su parra, y dio media vuelta, más que nada para evitar contactos con los juzgados y los siempre inconvenientes interrogatorios de la Guardia Civil. Entre semana, el lugar era más bien solitario y la abundante vegetación medio tapaba el ahorcado, por lo que, tras convencerse con unas cuantas idas y venidas de que nadie más que él lo encontraría, se armó de valor y se acercó lo suficiente como para descubrir la ocurrencia, que adjudicó a la última víctima de sus bromas, también compañero de partido clandestino. De modo que se cargó el Cristo al hombro y, antes de la madrugada, lo fue a plantar en pleno del huerto de este otro amigo, de espaldas y con una manguera de riego en la mano. Medio vengado pero todavía no suficientemente recuperado del canguelo, se volvió por donde había llegado.

Cuando al poco llegó el dueño del huerto, se puso hecho una furia y empezó a increpar desde lejos al descarado regante no autorizado. Le dijo de todo, y el otro inmóvil, allí plantado, regando el mismo surco sin inmutarse. «No te hagas el sordo, que te daré», se desgañitaba aún más el dueño del huerto... Hasta que también descubrió el error de percepción.

De poco le valió al egregio Sagrado Corazón ahorcado, descolgado y convertido en hortelano accidental de pacotilla, haberse querido salvar del chapuzón eterno en el ullal, porque el ampostino, armado de ira y sobre todo con ganas de poner fin a la broma, cogió la estatua y la precipitó de cabeza al agua sin fondo, donde quien tenga el valor de bucear, a enorme y gélida profundidad, quizá aún la encontrará.

Tanto si se zambulle como si no, una vez visitado el ullal del Cristo debería acercarse a Poble Nou del Delta y entrar en Can Paquita, donde además de comer de forma increíblemente popular y bien por un precio de descreído puede, si es asiduo, cultivar amistades que le cuenten unas cuantas historias buenas, tanto o más que esta.

Escritor.

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