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LOS SÁBADOS, CIENCIA

El bosón de Higgs y las lágrimas

El supercolisionador ha pillado después de 40 años la partícula que comprendíamos, pero no veíamos

Sábado, 14 de julio del 2012 Imprimir Enviar esta noticia Aumentar/ Reducir texto
Jorge Wagensberg

La ciencia avanza gracias al conflicto que se establece entre la observación de la realidad y la comprensión que tenemos de ella. De ahí la gran aportación de Karl Popper: la ciencia, a diferencia de otras formas de conocimiento, es necesariamente falsable, es decir, sensible a ser desmentida por lo real. La dialéctica entre lo que vemos y lo que creemos fructifica en dos clases de paradojas, cada una de ellas con dos alternativas para la evolución o la revolución de la ciencia vigente.

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Información publicada en la página 10 de la sección de Opinión de la edición impresa del día 14 de julio de 2012 VER ARCHIVO (.PDF)

LA PRIMERA paradoja se llama Paradoja de Contradicción y se da cuando lo que observamos es incompatible con lo que creemos. Pero la ciencia no puede ser incoherente, así que el caso se resuelve con una de estas dos alternativas: o cambio mi manera de mirar (1) o cambio mi manera de creer (2). La reciente noticia de los neutrinos superlumínicos conmocionó a la comunidad científica. Pero resultó que había un cable mal enchufado, así que todo se arregla mirando mejor. Aquí no hay revolución, pero Einstein consolida su teoría y los físicos su autoestima. El experimento de Michelson-Morley (1887), en cambio, es un ejemplo de la segunda opción. Se ideó para demostrar la existencia del hipotético éter, un fluido que llena todo el espacio y sin el cual no se comprende la propagación de las ondas electromagnéticas. ¿Cómo, si no, viaja la luz en el vacío? Albert Michelson se obsesionó y repitió la observación una y otra vez. Pero la realidad era tozuda: el éter no existe, que no, que no y que no. La paradoja no se resuelve hasta 1905, cuando el misterioso éter se hace innecesario dentro de una nueva manera de comprender el mundo. Se trata de la Teoría Especial de la Relatividad de Einstein. No está nada mal como revolución.

LA SEGUNDA paradoja se llama Paradoja de Incompletitud. La ciencia, además de coherente, tiende a ser completa. También en este caso hay dos alternativas. Puede ocurrir (1) que no comprenda lo que estoy viendo (paradoja de incompletitud teórica) o puede ocurrir (2) que no vea lo que estoy comprendiendo (paradoja de incompletitud experimental).

Lo primero ocurrió en 1887, cuando Heinrich Hertz descubrió el efecto fotoeléctrico, es decir, la capacidad de los fotones para transferir energía a los electrones (como sucede en un panel solar). El fenómeno era sencillamente incomprensible con la ciencia vigente en la época. La nueva comprensión llegó con otro breve artículo de Einstein (otra vez) y también en 1905. ¿Revolución? ¡Vaya si la hubo! De esta paradoja arranca nada menos que la Revolución Cuántica.

La segunda alternativa se da cuando comprendo algo y resulta que no consigo observarlo en la realidad. En tal caso, la sombra de la sospecha se proyecta sobre el conjunto de mi comprensión. La teoría tiene una grieta inquietante. Restañar esa grieta no supone una revolución científica pero sí una afirmación de la credibilidad de la teoría vigente para emprender nuevos retos y para cazar otras sabrosas paradojas. Llenar un agujero así puede costar décadas, pero cuando finalmente se consigue sobreviene entonces el gozo intelectual más sublime y brillan las lágrimas por la victoria del intelecto. Gracias al conocimiento coherente, dialéctico e inteligible, la mente percibe la realidad antes que los sentidos.

Cuando Albert Einstein publica la Teoría General de la Relatividad en 1915 no hay contradicciones sobre la mesa. Sin embargo, la teoría prescribe que un campo gravitatorio es capaz de desviar la luz. Cuatro años después, sir Arthur Eddington organiza una expedición a las Islas Príncipe para dar fe de la curvatura de los rayos luz de una estrella durante un eclipse de sol. La noticia, portada de todos los diarios el 7 de noviembre de 1919, convierte a un Einstein poco conocido en leyenda viva, y aunque este no muestra demasiada sorpresa por el episodio, juraría que enjuga alguna lágrima en la intimidad. Con ello, la Teoría General de la Relatividad ya es mucho más que pura belleza.

EN ESTE ESQUEMA conceptual encaja ahora la detección del bosón de Higgs. El llamado modelo estándar, una doctrina de la física que se levanta sobre la física cuántica y la física relativista, no acierta a explicar cómo adquieren su masa las partículas. Hasta aquí se trata de una paradoja del tipo no comprendo lo que veo. Pero en los años 60 Peter Higgs (y hasta cinco físicos más) proponen un mecanismo que lo explica, una hipótesis que requiere la existencia de una partícula nueva que nadie ha visto jamás. Es el bosón de Higgs. Con ello, la paradoja de incompletitud se desliza desde el no comprendo lo que veo hasta el no veo lo que comprendo. Ha costado más de 40 años, pero el CERN lo ha pillado por fin en su supercolisionador. La física teórica salva la última paradoja y las lágrimas inundan de nuevo los ojos de los físicos.

¿Y ahora? Ahora vamos a por la masa oscura, la energía oscura, la unificación de la gravitación y la cuántica... Levanto mi copa por el bosón de Higgs.

Director científico de la Fundación La Caixa

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