Así como Anna salió clavadita a Sarah, Paul es el vivo retrato de su padre, nuestro amigo Lionel. Paul aún no ha soplado su primera vela y ya sabe decir «Adá» y «Evá» -tal vez porque aún vive en el paraíso- y, a pesar de tener ciertas dificultades para caminar, es un experto en hacerlo con las manos a condición de que alguien le aguante las piernas en alto. En cuestión de gateo es el rey, siempre que en la línea de meta le esperen unas manos batiendo alegres palmas. Y si el COI llegase a convocar unos Juegos Olímpicos sub 1, me lo juego todo a que él establecería el récord mundial de los 10 metros libres (u obstáculos, en caso de haber algún gato o silla de por medio).
Información publicada en la página 6 de la sección de Opinión de la edición impresa del día 18 de agosto de 2012 VER ARCHIVO (.PDF)
A Paul le están saliendo sus primeros dientes, circunstancia que provoca que su enamorada sonrisa (Paul es pura vida y se la bebe entera a grandes tragos de biberón) se trueque en máscara expresionista y sus primeras palabras en terribles gritos de guerra. En estos casos no existe mejor fármaco que un paseíto en el dulce vaivén de los brazos de Sarah a los acordes de dulces palabras sana sana o de alguna hipocrática cantinela aprendida de nuestros abuelos. Debo decir, en pro de la multiculturalidad, que Paul (Pablito para los muy amigos), a pesar de su condición de francés, trotó feliz sobre mis rodillas cuando le versioné algunos de nuestros grandes clásicos, como Escarabat Paul Paul o En Paul petit quan balla.
A pesar de las sabias palabras de mi amigo Joan Barril cuando asegura que nada hay tan dulce como el berrear de los niños ajenos porque ya tienen padres que se ocupen de ellos, debo reconocer que, en algunas ocasiones, al sumarse el desconsolado llanto dental de Paul a las caprichosas impertinencias -¡ay, los celos!- de su hermana Anna, una camomílica princesa de 8 añitos que en breve empezará a provocar serios destrozos en los corazones masculinos, nuestra casa, más que una casa parecía una torturería, o aún mejor: un concierto del Sónar. Lionel supo hallar en su día un remedio eficaz contra las chiquilladas de la pequeña Anna: amenazarla, si no desistía de sus antojos, con llamar por teléfono a Sarkozy, a lo que la pobre respondía, aterrorizada: «¡¡Non, papa, non; Sarkozy non!!». Y al instante regresaba la calma. Tal vez sirvan para eso algunos políticos: para asustar a los niños con el turbio mañana que les dejan. Ahora, con Hollande y su cara de ensaimada atónita, redondita como la de Paul, se le ha acabado el chollo a Lionel: deberá imaginar nuevos monstruos para su vástago.
Nuestros amigos se han marchado, por la casa flota un silencio de galería de arte solo interrumpido por el rezo del muecín, y la revuelta algarabía de enseres infantiles que lo invadían todo se ha resuelto en un orden adulto. Ha vuelto el tiempo de dormir toda la noche, de adormecernos reviendo alguna película por la tele o entre las páginas de una novela veraniega. Se está realmente bien, pero nos falta algo: tal vez la azulísima mirada de Paul, una mirada que contiene todas las palabras que aún desconoce y los infinitos veranos que le quedan por vivir. Una mirada pura e irrecuperable que nos concierne a todos porque, en otra vida, todos fuimos él.