Ramon Folch
Socioecólogo. Director general de ERF.
La Catalunya gobernada por la Generalitat tiene 32.000 kilómetros cuadrados. En ella viven 7,2 millones de habitantes. Ello representa una densidad de 225 habitantes por kilómetro cuadrado. Cifra engañosa, porque el territorio catalán tiene extensas zonas montañosas prácticamente deshabitadas. La Catalunya cómodamente habitable, situada por debajo de los 1.700 metros y con pendientes medias inferiores al 10% (10 metros de desnivel en 100 metros de recorrido), no llega a los 16.000 kilómetros cuadrados. En ella se concentra casi toda la población, de modo que la densidad de la Catalunya habitada es de 450 personas por kilómetro cuadrado.
Información publicada en la página 7 de la sección de Opinión de la edición impresa del día 07 de febrero de 2012 VER ARCHIVO (.PDF)
La densidad demográfica de Castilla (Castilla y León, Castilla-La Mancha y Madrid) es de 88 habitantes por kilómetro cuadrado; la de Castilla-La Mancha, de 16. La de España, de 85. La de Alemania, de 231; la de Italia, de 192; la de Portugal, de 123, y la de Francia, de 111. La Catalunya habitada, pues, es uno de los territorios con mayor densidad demográfica de Europa.
Por eso los catalanes y las infraestructuras territoriales no podemos vivir separados. Con 225 (si no 450) habitantes por kilómetro cuadrado no hay forma de mantener lejos de la gente las líneas eléctricas, los parques eólicos (marinos incluidos), los vertederos y las incineradoras, las carreteras y autopistas, los ferrocarriles y los gasoductos, las depuradoras y las centrales energéticas, por no hablar de cárceles, comisarías o narcosalas. Nos falta espacio. Y también sentido de la escala. De ahí que suframos serias dificultades de comprensión de las dinámicas socioambientales y de aceptación de las infraestructuras territoriales. Siempre las tendremos cerca, pero bien proyectadas y ejecutadas no estorbarán demasiado. Groseramente concebidas o diseminadas cual perdigonazo pueden estorbar mucho. Ello explica las plataformas del no, aunque su objetivo no puede ser ni aquí, ni en ninguna parte, sino solamente donde haga falta y bien. Debemos centrar nuestra capacidad vindicativa en la demanda de buenos proyectos. Solo quejarse de los percibidos como malos no basta. Incluso sobra.
De un tiempo a esta parte, las actitudes nimby (Not in my backyard, No en el patio de mi casa) y banana (Build absolutely nothing anywhere near anyone, No construir nada en ninguna parte ni cerca de nadie) han proliferado en todo el mundo. Primero apareció la actitud nimby. En un modelo socioeconómico basado en la externalización de disfunciones como es el desarrollismo, me parece explicable. A fin de cuentas, el sistema es un inmenso nimby en sí mismo: vierte el dióxido de carbono en la atmósfera aparentemente de los demás (lástima que la atmósfera esté globalizada...), manda cuantos residuos puede a algún país extranjero más o menos remoto, remite al futuro las consecuencias de su ineficiencia, etcétera. Los ciudadanos con el síndrome nimby mimetizan domésticamente la moral del modelo socioeconómico al uso.
La actitud banana llegó luego. Ni aquí, ni enlloc: no me invento el eslogan. Traduce la mentalidad de la generación nacida y criada en el Estado de los derechos, que es la degeneración del Estado de derecho. Lo quiero todo sin pagar nada, tampoco me lo invento, es un anuncio televisivo. Los costes no existen, las molestias de vivir juntos son culpa de lo que quieren los demás. Yo, en cambio, tengo derecho a tenerlo todo: metro sin túneles, electricidad sin líneas y ríos limpios sin depuradoras. La palabra clave es no. Denota egoísmo defensivo, camuflado de ecologismo generoso. Y también traduce una inmensa desconfianza. El modelo es tan depredador, y la eficiencia de quienes lo pilotan es tan discutible, que la cautela aconseja negarse de entrada a todo.
Dos o más son plataforma. En plena espiral nimby o banana, su éxito está asegurado, porque negarse a todo está bien visto. ¡Qué lejos queda aquel diguem no! raimoniano, cuando se trataba de oponerse, con esfuerzo y riesgo personales, a decisiones que perjudicaban el interés general! Las actuales plataformas del no se oponen, inmersas en garantías democráticas, a cuanto contraría sus propias expectativas locales. Aunque demasiado a menudo mezquinas, no son ilícitas. Lo que sí deploro, en cambio, es que se proclamen prescriptoras natas de rectitud y acierto. Los poderes públicos harán bien en escucharlas y, una vez considerado lo que dicen, rectificar o desengañarlas. Pero en lugar de eso, lo que hacen es apaciguarlas. Preocupa más el consenso transaccional que el ejercicio responsable del poder. Cualquier proyecto resultante de meses de honesto trabajo experto queda en nada ante la descalificación ruidosa de cualquier egoísta plataforma improvisada.
Creo que el problema no es tanto la frivolidad de algunas plataformas como la pusilanimidad de determinados poderes públicos. El linchamiento, siempre rechazado por la justicia, apunta ahora como nuevo motor legislativo. A las pataletas locales se las llama opinión del territorio; a la pusilanimidad, interlocución prudente. Llega la tiranía de los vociferantes por cobarde debilidad de los electos. Saldremos perdiendo todos. Y mucho.
Socioecólogo, presidente de ERF.