Vuelve, como cada año, un 11 de julio, y vuelve el mar de ataúdes forrados de tela verde. Y vuelven los llantos y las identificaciones y el ritual. Este año, 520 víctimas más, conocidas, recuperadas, con nombres y apellidos, que se añaden a todas las demás, hombres, viejos, niños, todos los que ahora descansan sepultados con dignidad después de la ignominia perpetrada por las tropas de Ratko Mladic un 11 de julio, hace 17 años, con el visto bueno de los que le apoyaban y que alentaron la barbarie. Vuelve, como cada año, un 11 de julio a Srebrenica, caluroso y triste, para recordarnos el episodio más violento de una violencia desa-tada y nada ciega, conscientes, como eran los responsables, de que el asesinato sistemático se convertía en el mecanismo necesario para un nuevo orden que no fue combatido hasta que ya fue demasiado tarde.
Información publicada en la página 10 de la sección de Opinión de la edición impresa del día 13 de julio de 2012 VER ARCHIVO (.PDF)
Recuerdo hoy, con las imágenes de los ataúdes verdes repetidas (y no monótonas sino sobrecogedoras siempre) las palabras de hace unos días, en este mismo diario, de Boban Minic, el periodista bosnio exiliado en L'Escala. Sus dudas sobre el juicio a Mladic (que acaba de recomenzar en La Haya), sobre la voluntad cierta de ir hasta el final. Y recuerdo, también, su tristeza profunda al hablar de los hijos que no volverán a Saravejo: «¿Para qué? ¿Para perderlo todo dentro de 20 años?» Y la fortaleza del hombre valeroso que sabe que ahora sus hijos son de aquí, y también su futuro.