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Pequeño observatorio

Un atardecer en la vieja Barcelona

Sábado, 23 de junio del 2012 Imprimir Enviar esta noticia Aumentar/ Reducir texto
Josep Maria Espinàs Periodista y escritor

Para asistir a una de las sesiones de la Reial Acadèmia de Bones Lletres he partido de la plaza del Àngel y, girando a la izquierda, me he encontrado enseguida con la calle del Bisbe Caçador, que no es una calle sino un callejón. Un callejón sin salida. A los pocos metros, una puerta con rejas da a un patio. Un patio muy grande, solemne, el del edificio de la Acadèmia. En este patio, absolutamente silencioso, veo a una pareja que se ha aventurado a explorar un poco ese espacio de piedra antigua y las altas paredes que lo encierran. Hacen una foto y se marchan. Tengo la impresión de que los turistas que pasan por allí no se atreven a curiosear por el exterior de lo que fue el palacio de la condesa de Palamós, el más grande, dicen, de los que ha habido en la Barcelona medieval. En el callejón me siento rodeado de silencio, y es una sensación curiosa, porque allí mismo, a cuatro pasos de la plaza de Sant Felip Neri, pasean arriba y abajo docenas de turistas. No muy lejos está la catedral y, muy cerca, el ayuntamiento y el Palau de la Generalitat.

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Información publicada en la página 10 de la sección de Opinión de la edición impresa del día 23 de junio de 2012 VER ARCHIVO (.PDF)

Los forasteros suelen visitar los lugares donde se hallan los grandes monumentos de una ciudad. No me esperaba que tantos ingleses y alemanes circularan por estas calles poco famosas, estrechas, envejecidas, pero que tienen la sugestión del auténtico y modesto Barri Gòtic. Un barrio que se ha transformado pero que conserva un aire antiguo.

Me siento identificado con estos turistas, con su voluntad exploradora de aquel territorio que hay detrás de los grandes monumentos. A lo largo de mis viajes siempre me han atraído los rincones que podríamos llamar anónimos, en contraste con el urbanismo espectacular. Pero debo confesar que yo no me sentí realmente atraído por esta vieja Barcelona hasta que no empecé a adentrarme en ella para llegar a las puertas de la Acadèmia. Había estado allí, pero no me había detenido a mirar. Y menos al atardecer, como hago ahora. La penumbra ayuda a ennoblecer las fachadas de las viejas casas, la singular terraza por encima de la fuente, una fuente que ya manaba en el año 1367... Y todo esto lo miraban, ahora, y yo diría que lo comentaban en voz baja, unos cuantos turistas.

¿Cómo es posible que yo no hubiera dedicado ninguna tarde a pasear por las antiguas calles? Una pequeña Barcelona que se hace misteriosa cuando va anocheciendo. En la puerta del bar han encendido una vela. Perfecto.

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