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ORIOL BOHIGAS

Las construcciones polémicas

ORIOL BOHIGAS

Arquitecto

Arquitectura: iconos o extravangancia

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Domingo, 16 de junio del 2013 Imprimir Enviar esta noticia Aumentar/ Reducir texto

Es cada día más habitual -demasiado habitual, quizá- encontrar en las críticas de arquitectura y urbanismo el indispensable paquete de recriminaciones contra los edificios «icónicos», denominación que se refiere peyorativamente a un arquitectura monumental en la que la carga de virtuosismo formal se interpreta como una stravaganza insólita, una exhibición mediática, síntoma de un irreprimible ego «artístico» fuera de normas, una insolidaridad contra la unidad social y cultural de la ciudad. Es decir, como el signo de una nueva frivolidad y el testimonio de un decaimiento moral. Un decaimiento que permite que algunos críticos habituales sean, también, cuando la ocasión se presta, autores de los nuevos iconos que triunfan en las nuevas ciudades.

CUANDO UNA crítica es tan generalizada y tan difuminada es posible que, siguiendo la moda, se hayan desconsiderado algunos episodios que quizá harían cambiar el juicio. Por ejemplo, podemos criticar excesos puntuales, repeticiones demasiado lujosas, desviaciones de planificación, pero, al fin y al cabo, podemos asegurar que algunos iconos, detrás de su tendencia exhibicionista, garantizan una calidad muy por encima de la gran masa de arquitectura vulgar, anodina o muerta, de los constructores, los ayuntamientos conservadores o las entidades benéficas. Pese a las críticas, pues, en Barcelona hay mejor arquitectura en los pretendidos iconos que en las vulgaridades especulativas locales de los nuevos barrios residenciales y las nuevas implantaciones turísticas. De hecho, la arquitectura acreditada de la Barcelona actual se apoya en nombres como Foster, Miralles, Nouvel, Isozaki, Bofill, Calatrava, etcétera, muy presentes en el mundo de la exhibición mediática.

Pero, además, hay que hacer otra consideración. Estos edificios tan caros y aparentemente tan excesivos, tienen también

-o deben tener-un valor cultural que se añade a su valor de uso y representación. Por ejemplo, cuando en Catalunya apareció la estrella revolucionaria de Gaudí, una buena parte de la opinión la clasificó de disparate decorativa de mal gusto, arbitraria, un lujo desmesurado para ricos caprichosos. No tardó demasiados años en llegar una nueva consideración: el admirable testimonio de un maestro que utilizaba la propia obra como experiencia de novedades e innovaciones y como taller para establecer las bases de un lenguaje nuevo y de otra manera de hacer evolucionar la cultura figurativa. Ahora una casa de Gaudí no es un exabrupto sino un signo de continuidad en la revolución artística. Como los exabruptos de los constructores rusos, o la libertad interpretativa de los neoclásicos en la falsa auténtica antigüedad, o los pioneros americanos de la nueva tipología del rascacielos que pasaron de ser acusados ​​de maltratadores incivilizados de la urbanidad y del orden comunitario a ser homenajeados como los autores de unas nuevas tipologías arquitectónicas hoy ya indispensables en cualquier trazado urbano.

Quiero decir, pues, que hay que tener cuidado con no exagerar los elogios -y la consecuente imposición- de arquitecturas y paisajes basados ​​en la propia modestia de la continuidad recalificada de las tradiciones que nos han llegado todavía con algo de vida. Seguirlas con una adaptación acrítica puede ser la renuncia a los cambios propuestos por la presencia de modelos experimentales. Y que hay que interpretar algunos de aquellos iconos de los que hablábamos como aproximaciones a modelos experimentales que, de momento, son indigestos pero que después son líderes de una revolución de gran trascendencia.

NO ME PARECE exagerado afirmar que las nuevas tecnologías, las nuevas normas de confortabilidad, las nuevas interpretaciones funcionales, la nueva organización de los espacios públicos, privados y colectivos, las nuevas conquistas sociales que hoy reclaman todos los ciudadanos, han llegado a imponerse gracias al esfuerzo revolucionario de estos mismos ciudadanos durante los últimos tres siglos, pero también porque en edificios especiales -en los iconos de cada episodio histórico- los técnicos, los industriales, los capitalistas poderosos, los científicos, los políticos, los artistas renovadores y vanguardistas podían experimentar las respectivas revoluciones en testigos monumentales.

No quiero que este artículo parezca solo un elogio a la arquitectura icónica y exhibicionista de nuestras ciudades. Al contrario. Porque, desgraciadamente, muchos de nuestros monumentos representativos no sobresalen en lo que se justifican: la aportación selectiva y experimentada de valores colectizables. Arquitecto.

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