He aquí un privilegio impagable: recorrer un paisaje acompañado por científicos que dedican su vida a tratar de comprenderlo: geólogos, ecólogos, zoólogos, paleontólogos, botánicos, antropólogos, sobre todo cuando estos quieren que uno se enamore del tal paisaje y cuando hay barra libre para preguntar in situ y sobre la marcha. El objetivo es contribuir a la concepción de un museo sobre la sabana brasileña que, a su vez, consiga enamorar al ciudadano que debe protegerla. No hay duda: el amor emana de la comprensión y, en particular, el amor verdadero por un pedazo de naturaleza emana directamente de su comprensión científica.
Información publicada en la página 8 de la sección de Opinión de la edición impresa del día 20 de octubre de 2012 VER ARCHIVO (.PDF)
La exposición es para el Museo Nacional de la República (cuyo edificio semiesférico concibiera el incombustible Oscar Niemeyer), y la idea es que se convierta luego en el núcleo del futuro Museo Nacional de Ciencia en Brasilia. La sabana brasileña (en portugués, el cerrado) es un bioma que hoy ocupa dos millones de kilómetros cuadrados con una diversidad millonaria en años (de unas 7.000 variedades de plantas y unas 1.500 especies de animales identificadas hasta ahora), generadora de muchos otros paisajes y hoy cada vez más amenazada por la expansión de monocultivos como la soja.
Ahí va una sola comprensión-emoción como muestra. Los árboles del cerrado se distinguen de los árboles de las selvas tropicales sobre todo por sus ramas y raíces. Todo se comprende atendiendo a los tres elementos fundamentales de cualquier paisaje: el sol, el agua y el suelo. En los bosques lluviosos hay poco suelo, mucha agua y una gran competencia desesperada por la luz. Por ello las ramas salen disparadas casi verticalmente para ocupar la primera línea de luz. En cambio, las raíces progresan horizontalmente en busca de la mejor estabilidad estática para el gigante. En el cerrado, por el contrario, la situación se invierte. La luz es tan intensa y disponible que las ramas pueden dedicarse a ocupar el terreno desplegándose horizontalmente. En cambio, hay que ir a por agua a las profundidades de las capas freáticas, por lo que las raíces se lanzan verticalmente hacia abajo.
Esta comprensión inspira ya una idea museográfica: la comparación del esqueleto desnudo de un árbol típico del cerrado, con ramas horizontales y raíces descendentes verticales, y el de un árbol propio de una selva lluviosa, con ramas ascendentes verticales y raíces horizontales. Incluso se puede invertir la posición de uno de ellos cada pocos minutos para reforzar la metáfora. La comprensión científica también da para un elegante aforismo: todos los troncos son verticales pero, por lo demás, un árbol de la sabana es perpendicular a un árbol de la selva.
Pero esta historia de ramas y raíces no es solo para el contraste entre casos extremos. Dentro del paisaje del cerrado existen hasta 14 subpaisajes diferentes que se dejan clasificar según sea su distancia al río más próximo. En las riberas de los cursos de agua se da la llamada mata ciliar, una situación semejante a la selva tropical con árboles altos y muy juntos, cuyas ramas forman un ángulo agudo con el tronco. Sin embargo, a medida que la aumenta la distancia al río los árboles se separan entre sí, el ángulo entre ramas y tronco tiende a ser de 90 grados y las raíces se hunden hasta más de diez metros de profundidad en su busca desesperada de agua. Especial interés tiene el subpaisaje llamado vereda, que es algo así como el equivalente de un oasis en las zonas áridas del cerrado. En él dominan unas palmeras de larguísimas raíces verticales capaces de bombear agua usando la evapotranspiración diurna. Sin embargo, también utilizan la respiración nocturna para seguir bombeando por la noche, aunque esta vez la energía solo alcanza para distribuir el agua generosamente por el terreno a través de otras raíces horizontales. La vereda es , por lo tanto, un oasis húmedo que aprovechan muchas otras plantas y animales. La palmera burití (Mauritia flexuosa) mantiene pozas permanentes de agua fresca y limpia además de producir buenos frutos, buenos medicamentos y buenos cosméticos. A las gentes del cerrado les gusta decir, exagerando solo levemente, que la burutí es capaz incluso de inventarse ríos enteros.
Pero el cerrado brasileño tiene otros emblemas que alegran el alma. El árbol ipé (Tabebuia chrysotricha), cuando florece, se desnuda de hojas y frutos para quedarse solo con sus flores a modo de luminosas pinceladas suspendidas contra el azul del cielo. Es como si lo verde dimitiera para no restar protagonismo al amarillo más amarillo de todos los amarillos. Entre los animales que frecuentan el cerrado destaca el entrañable lobo guará (Chrysocion brachyurus) un amenazado cánido de patas largas que adora comer plantas, en especial el fruto de la llamada lobera (Solanum brachyumus), con la que mantiene un ancestral pacto simbiótico. Director científico de la
Fundació La Caixa.