Siendo estudiante algunos profesores me comentaron el cambio que se produjo en nuestras universidades durante los años 80 y 90, y cómo se empezó a apostar por la investigación. Ese cambio se hizo sin el apoyo de dos pilares fundamentales. Por un lado, sin el aprecio de la clase política, pues ahora se ha demostrado que simplemente se compró el pasaje de un tren que estaba de paso, sin que se entendiese el motivo para emprender el viaje y sin que hubiese preocupación alguna por el destino. Por otro lado, sin el apoyo social de la ciudadanía que, progresivamente, rebajó su concepto de la universidad a mero trampolín para el futuro laboral de sus hijos (un futuro que para muchos ya es presente; un presente bastante oscuro) olvidando otros objetivos y servicios que la universidad en general puede cumplir y aportar a la sociedad. A nadie sorprende entonces la ola de recortes que está viviendo esta institución educativa en cuanto a la investigación. Los jóvenes investigadores estamos en una situación laboral crítica, tanto más cuando lo que está en juego no son solo unos puestos de trabajo, sino la gran cantidad de recursos y dinero público destinados a nuestra formación y que literalmente se van a perder, justo en el momento que podemos entregar los frutos de dicha inversión. Y precisamente, mientras algunos sueñan con un Estado propio, la triste realidad es que cada vez son más los jóvenes preparados que se tienen que marchar fuera para ganar el pan lejos de casa. Buen camino para hacer país.
Información publicada en la página 11 de la sección de Opinión de la edición impresa del día 30 de octubre de 2012 VER ARCHIVO (.PDF)