En una de las sesiones parlamentarias más aterradoras de la democracia española, justo después de que Rajoy anunciara una batería de «difíciles pero necesarias medidas» que a la vuelta de vacaciones pondrán a millones de personas aún más contra las cuerdas, y entre incomprensibles aplausos de los diputados del PP, la parlamentaria Andrea Fabra exhaló un rabioso «que se jodan».
Andrea Fabra, en los bancos del Congreso, poco antes de ser amonestada por su partido, el PP: JUAN MANUEL PRATS
Andrea Fabra, en los bancos del Congreso, poco antes de ser amonestada por su partido, el PP: JUAN MANUEL PRATS
Información publicada en la página 324 de la sección de Contraportada de la edición impresa del día 17 de agosto de 2012 VER ARCHIVO (.PDF)
Con solo tres palabras, la de Castellón cabreó al país, inspiró un 'hit protesta' a un maño y obligó a los suyos a tirarle de las orejas por perjudicar «el decoro y la dignidad» del Congreso. Fabra, que primero justificó el exabrupto, acabó escribiendo, en plan María Antonieta al borde del cadalso, una carta en la que pidió perdón por su actitud «inapropiada». Y asunto zanjado. Ni sanción, ni expediente, ni copiar cien veces «debo pensar en los ciudadanos porque para eso me pagan».
BISTURÍ EN MANO. Como las palabras son la versión acústica de las ideas, no está demás estudiar la anatomía del «que se jodan» con espíritu de patólogo. Porque es impensable que un parlamentario consciente, frente a cinco millones de desempleados y el país en caída libre, se deje ir tontamente.
Una incisión rápida podría descubrir una delgada base ética. Sí, Fabra estudió en el colegio privado La Magdalena e incluso hizo un máster de liderazgo. Pero el ejemplo suele encontrarse en casa, y su padre, Carlos Fabra, impulsor del aeropuerto sin aviones y coleccionista de citaciones judiciales por tráfico de influencias y fraude fiscal, tanto profiere un «hijo de puta» a un opositor político como llama «gentuza» a quienes discrepan de él. Digamos que el expresidente de la Diputación de Castellón no tiene la autoridad moral de un Immanuel Kant, precisamente.
Otra pasada de escalpelo acaso explique que la diputada confunde el escaño con un asiento en primera en el vuelo supersónico hacia la estratosfera del poder. Pero Churchill, que de poder sabía un rato, decía que en tiempos embrollados las actitudes importan más que las aptitudes. Así que, aun importándole un pimiento el destino colectivo, en vez de optar por la vía faltona, habría hecho bien en poner cara de aflicción y cerrar el pico.
Y un corte más profundo quizá revele una realidad más siniestra, y es que la consideración de lo 'bueno' y lo 'útil' para la mayoría esté dando paso a lo 'bueno' y lo 'útil' para una élite inescrupulosa. El exabrupto de Andrea Fabra sería entonces la inocente expresión de una condena.