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Pequeño observatorio

Amarrados después de la fiesta

Jueves, 2 de febrero del 2012 Imprimir Enviar esta noticia Aumentar/ Reducir texto
Josep Maria Espinàs Periodista y escritor

Después de ver repetidamente en los periódicos y en la televisión la imagen del crucero medio hundido junto a la costa italiana, he visto publicada la fotografía de otro barco, el Azor, que durante mucho tiempo fue usado por Franco. En la imagen sale el generalísimo -¡vaya palabra que se impuso!- con una mano sobre el timón, como si realmente fuera el responsable de la navegación. Aunque, al fin y al cabo, Franco era el jefe supremo de los ejércitos de tierra, mar y aire, y tenía que dominar todas las disciplinas. En la foto no se le ve junto a un cañón, sino al lado de la familia, pues el Azor era un yate de placer y servía para que el caudillo demostrara sus habilidades de pescador.

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Información publicada en la página 10 de la sección de Opinión de la edición impresa del día 02 de febrero de 2012 VER ARCHIVO (.PDF)

He leído que un primo de Franco, el también militar Francisco Franco Salgado-Araujo, decía que en el Azor se pescaban los atunes más caros del mundo, teniendo en cuenta el coste del petróleo del yate, el de la tripulación y el del buque de escolta. En la citada foto, el dictador sonreía, según el pie, «posando al lado de una supuesta ballena, que después llamaron cachalote y finalmente, por orden del Ministerio de Información y Turismo, acabó denominándose cetáceo. Cosas del franquismo y su milagrosa pesca».

Otro yate es noticia. Dentro de unos meses, Isabel II de Inglaterra celebrará 60 años en el trono y el ministro británico de Educación ha sugerido que se le regale un yate. Ella tenía uno, pero el coste de mantenimiento era enorme y cuando Tony Blair llegó al poder mandó que se le retirase. Ahora es una atracción turística, y lo puede alquilar quien quiera. Qué falta de respeto...

El rey de España también se ha dedicado a navegar. Y más de un banquero o empresario ha sentido la tentadora llamada del yate. Como yo, infelizmente, no soy de mar, intento entender esta pasión, que suele despertarse, supongo, cuando se tiene mucho dinero, cuando se quiere hacer ver que se tiene o cuando, gracias a la complicidad de la marinería de lujo, se aspira a formar parte de una élite.

El placer de gobernar una nave debe de ser inmenso. Significa alejarse de la vulgaridad terrícola, de la masa playera. Tomar un whisky en cubierta debe de ser muy agradable, así como invitar a unos amigos a participar de ese placer. Hemos vivido años de navegación fácil. Había dinero y era bonito exhibirlo, hasta que sopló un viento ingrato que empujaba a los yates hacia abajo, hacia una realidad poco festiva. Las alegrías quedaron amarradas.

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