Siempre me ha gustado mucho más el 14 de julio, día de hoy, que el 18 del mismo mes porque, más allá de mi condición de afrancesado, prefiero las revoluciones del pueblo a los alzamientos militares. Desde el 14 de julio inaugural hasta ahora han pasado dos siglos largos y los ideales que esta fecha proclamaba -libertad, igualdad y fraternidad- siguen jóvenes y vigentes en todo el planeta, mientras que el «¡Arriba España!» se quedó en un grito ronco de uso local que solo resucitan cuatro nostálgicos azules cuando gana la Roja.
Información publicada en la página 8 de la sección de Opinión de la edición impresa del día 14 de julio de 2012 VER ARCHIVO (.PDF)
Pienso que la España y la Europa de hoy están más cerca de la toma de la Bastilla que de la entrada de la guardia mora por la Diagonal. ¿Qué ganas puede tener un Ejército sin enemigo y con nóminas recortadas de perpetrar un golpe de Estado contra políticos y banqueros a quienes les entra en el sueldo proteger? En cambio, los descamisados a quienes el paro ha echado a la calle, la están haciendo suya y, no quedándoles ya nada que perder, contemplan seriamente la necesidad de guillotinar algunos privilegios hasta ahora considerados normales.
El rey Sol y su inacabable corte de churrimangantes han ido demasiado lejos con sus hachazos y escupitajos contra la dignidad de eso que hemos dado en llamar pueblo llano, y el persistente goteo de escándalos que afectan a demasiadas esquinas del poder (monarquía, justicia, Iglesia, banca, expresidentes, exministros, exconsellers) han puesto en pie de guerra al vulgo, aún perplejo ante las barbaridades que van saliendo a la luz día sí y día también. Y es que, en tiempos de crisis, hay menos dinero sucio para acallar bocas.
Volvamos al triángulo equilátero: libertad, igualdad, fraternidad.
Resultaría injusto decir que en nuestro país y continente no gozamos de unas dosis razonables de libertad que nos permiten hacer aquello que nos apetezca, siempre que nuestro bolsillo se lo pueda permitir; ya proclamó el viejo Marx en su día que la política es solo economía, y no todo el mundo puede permitirse la libertad de comer cada día, dormir bajo techo o medicarse; ni los medios de comunicación contar todo lo que ocurre.
Por lo que a la igualdad se refiere, estamos aún muy lejos de ella: la igualdad de sexos y etnias es aún una utopía y no todos los ciudadanos son acogidos de igual manera por el mercado laboral o la justicia. Solivianta que Millet, Urdangarin y 10.000 más se paseen altivamente por sus respectivas zonas altas y un pobre camellín de hachís se pudra entre rejas. Por si no lo teníamos claro, estos últimos años han ido certificando el obsceno y alegre cinismo que separan las palabras y los hechos de quienes nos gobiernan. Hemos perdido definitivamente la inocencia.
Si de las tres palabras del 14 de julio tuviera que optar por una, esta sería la fraternidad, la certeza de pertenecer a una gran familia llamada humanidad. Y es triste ver cómo los amos del planeta, demostrando una inhumana falta de imaginación (no quieren o no saben imaginar las terribles imágenes que la miseria puede dibujar) cierran los ojos ante la evidencia y se duermen en paz.