Alicia Sánchez Camacho vive seguramente sus días políticos más felices. Con el PSC haciendo planes para hipotéticos pactos con CiU a un año vista, muy reflexivos, pero algo ingenuos, el PP catalán tiene todo el campo para maniobrar. Cierto que el Gobierno absoluto de Rajoy multiplica por mil el valor estratégico de su posición institucional en Catalunya, pero las gentes de Alicia han conseguido finalmente establecerse aquí como actores principales. Ya nada volverá a ser como antes en la política catalana: el peso específico de la derecha y la fuerza de crecimiento del soberanismo enterrarán los viejos esquemas heredados de la transición.
Información publicada en la página 10 de la sección de Opinión de la edición impresa del día 03 de febrero de 2012 VER ARCHIVO (.PDF)
Liberada la lideresa del PP catalán del trasiego de la gestión, podría tener la tentación de concentrarse en el arbitraje de mayorías gracias a las minorías absolutas de los nacionalistas y entretenerse en propinar algún que otro sobresalto al presidente y al alcalde. Sin embargo, parecería que ha optado por el virreinato. El mensaje de su frenética actividad de estas semanas es inequívoco: señores de la Generalitat y catalanes todos, sepan que el Gobierno de Madrid hará en Catalunya lo que ella diga y discuta con los ministros de turno.
Se diría que ha aprendido la lección de la experiencia de los socialistas catalanes, quienes dejaron o no pudieron impedir que, mientras gobernaban sus compañeros del PSOE, CiU fuera la voz más escuchada allí. El propósito de Alicia está claro, erigirse en pieza central del diálogo España-Catalunya, competir con los nacionalistas en la interpretación de lo que quiere el país y rebajar tensión a la Moncloa, más aún en la perspectiva de la reclamación fiscal. La duda está en si su capital político será suficiente para evitar ser puenteada por la lógica de la gobernabilidad, aquella que construye puentes de plata sobre barrancos ideológicos.